martes, 10 de junio de 2014

Capítulo 8. ¡Contrabando!



Nada.

No ocurrió nada.

Eso es lo que ocurrió. Tres meses viviendo en Los Ángeles, esperando a que floreciera algún tipo de argumento en mi historia es lo menos que se puede esperar de la meca del cine; pero lo cierto es que, después de haberme procurado un hogar en la casa de la limonada y una cantidad suficiente de marihuana como para apaciguar mi persistente estado de paranoia, dediqué el tiempo restante a hacer lo que se supone que había ido a hacer allí. Acabar mi tesis doctoral.

Tal vez se me pasó hablar de ello. Soy muy olvidadizo. Pero lo cierto es que si me encontré varado durante tres meses en Los Ángeles, fue porque había ido a visitar a una celebridad. Ninguna de las que salen en la televisión o en la gran pantalla, claro está; sino una de esas oscuras celebridades del mundillo académico cuyos libros solo han leído tres o cuatro estudiosos en todo el planeta. Mi celebridad, David Kunzle, era un agradable anciano a punto de jubilarse que, de joven, había sido becario de uno de los más importantes historiadores de arte del siglo XX, Ernest Gombrich. Mientras trabajaba con sus asistentes, a Gombrich le gustaba practicar con ellos un juego cruel. Cuando se trataba algún tema que era de su agrado, Gombrich se quedaba de repente callado, sujetándose la barbilla con un gesto digital muy meditado, y al cabo de un rato, expresaba en voz alta un deseo retórico: "Sería maravilloso si alguien se atreviera a escribir sobre esto, ¿verdad?". (La escena, en mi mente, se parece bastante a aquel número de Gila en el que interpreta a un detective que, para detener a un sospechoso, se pone a pasear cerca de él mientras musita: "Alguien ha matado a alguien... y no quiero señalar"). David debió de ser el más incauto de sus ayudantes, pues cuando Gombrich musitó sin señalarle que "sería maravilloso si alguien se atreviera a escribir una historia de las tiras cómicas desde la imprenta hasta la actualidad", sin pensarlo dos veces, él se atrevió a confesar: "He sido yo".

Por supuesto, la redacción de tal historia le ocupó prácticamente el resto de su vida, dejándola inconclusa, como no podía ser de otra manera. Pero los dos libros que escribió sobre ese tema me atrajeron hacia él como fan de un star system oculto en busca de su celebridad más ignota. Sus investigaciones me iban a ser de mucha utilidad para dar los últimos retoques a mi tesis doctoral sobre la función de la propaganda en los cómics de la Alemania nazi. Me presenté en su despacho de la facultad de Arte de la UCLA con todos mis papeles y una beca de investigación para trabajar con él durante esos tres meses, pero a pesar de que mi visita había sido convenientemente anunciada y aprobada de antemano, y que, además, David me recibió con los brazos abiertos, éste se mostró extrañado de que alguien viniera de tan lejos para hablar con él sobre algo que había escrito hace tanto tiempo y sobre lo que ya casi no se acordaba de nada.

Ademásañadió—, en unas semanas me voy a Chile para estudiar el impacto de la imagen del Ché en el arte popular sudamericano.

Aún se notaba en su suelta vestimenta y en sus amplias camisas de gasa la influencia de Berkeley, su alma mater; el Berkeley de principios de los setenta, claro está. "Una vez, visitando Madrid", me dijo el día en que nos presentamos, tras preguntarme por mi lugar de origen, "un guardia civil me detuvo en la Plaza de España por haberme sentado en el césped a hacer yoga. Fue antes de que muriera Franco. Debió de pensar que era una especie de agente contaminante. 'No sé cómo serán las cosas en su país', me explicó el guardia civil, 'pero aquí, no nos gusta que venga la gente de fuera a hacer el mamarracho'".

Básicamente, esa fue la situación. Me encontraba en Los Ángeles, la única ciudad del mundo cuya sola razón de ser es la narración visual, estudiando los orígenes de las formas más antiguas que dicha narración había dado, con un ex hippy fantasmal que, tan pronto como había aparecido, se desmaterializó. Sin embargo, no puedo decir que me molestara la prematura salida de escena de David. Durante el tiempo que pasé con él, tuvimos muchas conversaciones que me fueron muy útiles para acabar mi tesis (aunque, en realidad, ésta poco tuviera que ver con su especialidad) y, después de su partida, el despacho se quedó lo suficientemente tranquilo como para poder escribir. Y escribir fue lo que hice. Encerrado al principio en el despacho, aunque cada vez con mayor frecuencia me quedaba en mi habitación de la casa de la limonada, tecleaba día tras día mientras fumaba el producto californiano de primera calidad que me procuraba en los dispensarios de la playa.



Cuando llegaron mis padres de visita, a comienzos de noviembre, poco pude mostrarles de mi vida allí, pues ésta era virtualmente inexistente. Como mucho, podía enseñarles alguna página de mi tesis, pero me resistí a ello por un motivo muy sencillo. Mi vida en el ático de aquella pequeña casa de suburbio spielbergiano, cuyo detector de humos inutilicé hábilmente con un destornillador, se estaba pareciendo cada vez más al hotel Overlook de El Resplandor y temía que, un buen día, se me ocurriera echar un vistazo a lo que había escrito y que lo único que hubiera impreso en las hojas fuese la frase "No por mucho madrugar amanece más temprano", repetida una y otra vez.

La llegada de mis padres fue accidentada y estuvo llena de miedo, de asco y de mi vieja compañera: la dulce paranoia. Mi madre me había anunciado días antes sus aviesas intenciones:

—Voy a llevarte un jamón serrano, porque allí no tendrás —amenazó—. Yo no sé cómo podéis vivir en sitios así.

Le advertí muy seriamente en contra de ello. Pasar por la aduana con alimentos sin declarar era una violación evidente de una ley federal y, en cuanto abrieran su maleta, sería detenida de inmediato y, lo que es peor, la pata de jamón le sería confiscada.

—¿Es que no te acuerdas de la película aquella con Sofía Loren? —le expliqué haciendo uso del único lenguaje en el que madres e hijos pueden comunicarse fluidamente: el de las viejas divas—. ¿No recuerdas lo que le pasa con la mortadela? La retienen durante semanas en el aeropuerto y, al final, como no tiene nada que llevarse a la boca, acaba teniendo que comérsela.

Mi madre emitió una risa telefónica, tal vez halagada por la comparación con la Loren, confundiendo sin duda con una broma la aterradora imagen a la que mi imaginación me enfrentaba: la de mi progenitora abandonada a su suerte en un país inhóspito con un pernil ibérico como única herramienta para la supervivencia. Sus palabras no hicieron mucho por tranquilizarme:

—La Loren será la Loren, hijo —aclaró para poner las cosas en su sitio—. Pero yo, soy tu Madre.

Así que allí estaba yo, esperando a que acabaran de salir todos los pasajeros del vuelo de Madrid, sin que mis padres dieran la menor señal de vida. ¿Habrían perdido el avión sin tener la oportunidad de avisar antes? ¿O sería que, finalmente, mi madre había cumplido con su amenaza y estaba siendo ahora sometida al tercer grado en algún cuarto oscuro? Estaba empezando a ponerme nervioso, cuando mi madre atravesó la puerta del hall de llegadas arrastrando una maleta y con una sonrisa de oreja a oreja.

Los abrazos y la alegría al ver que, por suerte, mi madre no se había convertido involuntariamente en la protagonista de una película italiana, me impidieron darme cuenta al momento de que había un error en aquella escena, algo que no estaba en su sitio. Algo que faltaba.

—¿Dónde está papá? —pregunté cuando al fin se hizo la luz.

—Ah. Está todavía adentro —me explicó con una tranquilidad absoluta—. Le han metido en un cuarto para interrogarle.

"¡El jamón!", exclamé. "¿Qué has hecho, madre? Te dije una y otra vez que no lo trajeras". Ahora que estaba empezando a acostumbrarme a mi no-existencia en la ciudad de Los Ángeles, me iba a ver forzado a reconsiderar mi situación, pues acababa de convertirme precisamente en lo que más temía: un prófugo de la justicia, y no de cualquier clase, sino un miembro destacado, el enlace en Estados Unidos, de una familia criminal.

—No te preocupes por el jamón —trató de tranquilizarme ella—. Lo tengo aquí, en la maleta; a buen recaudo. ¿Creías que iba a dejar que se quedaran con él? No conoces a tu madre. El guardia de aduanas ha mirado mi maleta y me ha preguntado en inglés si llevaba más de diez mil dólares en el equipaje —la cantidad máxima de dinero permitida—. "Qué más quisiera yo", le he contestado en español. Así que se ha echado a reir y me ha dejado pasar sin abrir mi maleta.

—¿Y entonces, papá?

Mi madre se encogió de hombros.

—Le han confundido con un terrorista.

No sé si fueron mis ojos saliéndose de sus órbitas como un dibujo animado de la Warner, o el persistente modo en que me chocaba con las paredes del hall mientras me agarraba la cabeza con las manos, pero el caso es que uno de aquellos dos síntomas del inminente ataque de pánico al que estaba a punto de sucumbir hizo que mi madre, de repente, estallara en un ataque de risa.

—No te preocupes, hijo. Ya nos lo devolverán —me explicó, sin que sus carcajadas contribuyeran mucho a serenarme—. Es que han confundido su segundo apellido con su verdadero nombre. Dicen que aquí, en Estados Unidos, se llama Francisco López. Y por lo visto tienen a otro Francisco López en su lista negra. Un contrabandista mexicano, parece ser. Pero lo primero es lo primero y, ahora, lo único que importa es que por fin estamos los tres aquí. Tú, yo y el jamón.



Efectivamente, mi padre apareció poco después, confirmando que se había tratado de una confusión rutinaria, parecida a la que yo había sufrido al aterrizar en LAX. El resto de la visita transcurrió con normalidad. Aparte de los negativos comentarios que le merecía la comida y el bochorno que le supuso contemplar los dispensarios de marihuana en Venice a puerta de calle, la opinión de mi madre sobre la ciudad de Los Ángeles, y sobre los Estados Unidos en general, quedó firmemente asentada al pasar por delante de un motel en Hollywood Boulevard.

—Cuando veo uno de esos moteles —nos explicó—, no puedo dejar de pensar que en todas las habitaciones hay un niño sentado sobre la moqueta jugando con un camioncito de plástico, esperando a que vuelva su secuestrador.

No le dije, por supuesto, que había pasado mi primer mes viviendo en uno de esos moteles.

—Y esto —dijo refiriéndose al famoso paseo de las estrellas, mucho más pequeño y estrecho de lo que siempre parece en las películas—, con todas esas palmeras, me recuerda a Torremolinos. Pero sin glamour.

Y dicho esto, partieron. El caso es que, pese a mis miedos y después de releer lo que llevaba escrito y comprobar que ni mi encierro ni la marihuana habían hecho que me reencarnara en Jack Nicholson, pude acabar mi tesis sobre tebeos nazis, volver a España e incluso ganar con ella un premio especial de doctorado. (Aquella noticia calmó, durante unos días, mi tradicional angustia ante la falta de una misión en la vida. Una escena se repetía en bucle en mi cabeza. En el acto de entrega de los premios, recibía el galardón de manos del ministro de educación, ocasión para la cual me había vestido con una camiseta en la que se podía leer uno de los axiomas favoritos del tío Hunter: "Los cerdos de hoy son el bacon de mañana". Por supuesto, la escena nunca tuvo lugar. La entrega consistió en un trámite meramente administrativo que me despojó del papel para el que me había estado preparando después de treinta años de estudios: el de angel vengador).

Pese a los problemas y una bonita diabetes crónica que me traje de regalo de aquel primer viaje a California (las madres siempre tienen razón), las cosas no habían salido mal después de todo: tenía un buen trabajo en una universidad privada donde me pagaban por dar clase de literatura infantil.

Así que te preguntarás, querido lector, ¿qué hago aquí, ahora, rumbo de nuevo a California, en el aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid, esperando a que llegue mi turno de pasar por el escáner una mochila llena de setas psilocibes? Un momento. La mochila no está llena de drogas, no hay que exagerar. Tan solo he envuelto cuatro gramos de hongos secos en papel de cocina y, luego, he introducido el rebujo en el estuche donde llevo la insulina. No te creas: he tramado mi plan meticulosamente. Siempre que he de tomar un avión, he de pasar mi estuche de diabético, dentro de la mochila, por el escáner. Y éste nunca detecta nada extraño en su interior. O si lo detecta, nunca me dicen nada: viajar con insulina debe ser lo suficientemente común como para no inspeccionar el equipaje de los diabéticos, o solicitarles un informe médico, a pesar de que las posibilidades de secuestrar un avión con una pluma de insulina son exponencialmente mayores que las de hacerlo con una botella de champú. Y en caso de que me hagan abrir el estuche, discurría yo mientras terminaba de dibujar un plano de la zona de control de equipajes en mi oscuro y secreto cubículo del mal, lo único que verán es la insulina. Se trata ya de por sí de una droga lo suficientemente poderosa como para que se molesten en buscar más.

¿Quién se va a imaginar que bajo la insulina se esconde una de las sustancias más poderosas que ha dado la naturaleza, el maravilloso descubrimiento botánico que hizo en México Robert Gordon Wasson, micólogo y vicepresidente de la Banca Morgan? Cuando se me ocurrió, cinco años después de mi primer viaje a California, tomar un avión primero a Philadelphia y luego a San Diego para visitar a mi amiga Esther, una especialista en cómic estadounidense a la que conocí en Copenhague, me dije que sería imperdonable volver a la cuna de la vestimenta suelta y las camisas ámplias sin los medios necesarios para ensanchar un poco las fronteras espacio-temporales de mi viaje.



Mi plan había salido a la perfección. Me encontraba sentado cómodamente en el avión y, a pesar de que el despegue se había retrasado dos horas, nada me podía quitar la sonrisa de la boca. Llena de dientes. Hasta que me acordé de algo que le había pasado al tío Hunter cuando le invitaron a presentar la película de Miedo y Asco en Las Vegas en el festival de cine de La Habana. Estaba a punto de aterrizar, cuando cayó en la cuenta de que, en un pastillero, dentro de su neceser, quedaban los restos de una pequeña cantidad de cocaína que se había llevado a una fiesta la noche anterior. Preso de su proverbial paranoia, se deshizo como pudo de la cocaína tirándola por el váter, aunque con las sacudidas del avión, los polvos volaron por todas partes. Las azafatas acabaron sacándolo del baño a rastras, después de un buen concierto de golpes en la puerta, sin sospechar que el motivo por el que Hunter se resistía a volver a su asiento no era que se hubiera encerrado a fumar un pitillo a escondidas, sino que se estaba tomando su tiempo para limpiar de restos de cocaína el espejo, el lavamanos y la plataforma para cambiarle los pañales a los bebés.

Al pasar el control de aduanas con la serenidad que la había dado el saberse limpio, se encontró con que había ido a buscarle al aeropuerto el mayor y más famoso de entre sus discípulos: Johnny Depp. Con él compartía una de sus aficiones preferidas, el gusto por las armas, y apenas dieron unos pasos fuera del aeropuerto, Depp se sacó del pantalón una enorme pistola.

—¿Te gusta? —le preguntó mientras le hacía admirar su Magnum—. Es una Desert Eagle. Mi última adquisición.

—¿Has comprado eso en La Habana? —dijo Hunter, sorprendido.

—¿Aquí? ¿Estás loco? La he traído de casa para enseñártela.

Hunter se quedó perplejo. ¿Cómo había podido pasar semejante pistolón por la aduana?

—Muy sencillo —contestó Depp—. Saltándome el arco cuando el guardia no miraba.

"Saltarme el arco, saltarme el arco". Pasé todo el viaje repitiéndome la frase como un mantra para calmarme. Al recordar aquella anécdota, caí en la cuenta de algo en lo que no había pensado hasta entonces. En los Estados Unidos, la psilocibina que contienen los hongos, no tiene la misma consideración que la marihuana. Es una sustancia controlada tipo 1, lo cual quiere decir que su posesión y, más aún, su tráfico, conlleva las mismas penas que la cocaína o la heroína, a pesar de tratarse de una droga con escaso potencial adictivo, haber sido utilizada en el pasado con fines terapéuticos o, ahora que lo pienso, ser yo mismo un doctor; qué demonios, ¡un doctor extraordinario! ¿No me investía eso de ciertas prerrogativas?

Además, al haberse retrasado el despegue al salir de Madrid, iba a perder sin duda el vuelo de conexión a San Diego, por lo que tendría que pasar la noche en Philadelphia. Lo cual multiplicaba considerablemente las posibilidades de error en mi plan, ya que no solo tendría que pasar la aduana en Philadelphia: me harían sacar las maletas del aeropuerto y volver a la mañana siguiente, momento en el que mi equipaje de mano pasaría un nuevo control y esta vez tendría que enfrentarme a los temibles y poderosos escáneres estadounidenses, con una tecnología de vanguardia veinte años por delante de la que tenemos en Madrid.

A las cinco y media de la mañana del día siguiente, mi mochila era bombardeada de nuevo con potentes rayos X, mientras me hacían pasar por el arco, silbando nerviosamente una melodía al azar para tranquilizarme. Mi cerebro me jugó de nuevo una mala pasada porque, preso de la ansiedad, había elegido como mantra las notas de Dixie, el más popular de los himnos confederados durante la Guerra de Sucesión. Melodía que, precisamente, no era bien recibida en Pennsylvania, cuna de los quákeros fundadores y sede de una de las logias masónicas más antiguas de los Estados Unidos. El oficial negro que controlaba el escáner apartó la vista de la pantalla al escucharme y me miró con los ojos entornados antes de hacerme coger la mochila y ordenarme que siguiera mi camino.

Welcome to the U.S. of A.

Solo luego me di cuenta de que no tenía nada que temer, pues en esta ocasión había facturado mi estuche de insulina con el equipaje en bodega, temeroso de los avances de la ciencia del procesado en masa de inmigrantes. El vuelo hasta Phoenix, y desde allí hasta San Diego, transcurrió sin mayores incidentes. Mi maleta salió del carrusel del aeropuerto de San Diego con sus contenidos intactos y un viejo conocido, el sol de California, salió a recibirme cuando se abrieron las puertas automáticas de cristal. Tengo que reconocer que estaba un poco decepcionado por no haber alcanzado el clímax criminal que mis peores temores habían anticipado. Había pasado tres meses en Los Ángeles tratándolo de evitar, llenándome de miedo y asco ante la sospecha de que cada uno de mis movimientos, cada una de las cosas que hacía por ajustarme mejor a las rarezas de un país que me resultaba marciano, tenían siempre algo de equivocado, una cierta pátina de ilegalidad o, en el mejor de los casos, de ser algo reprensible.

Pero ahora el miedo y el asco, sentimientos que hasta entonces me habían sido imposibles de disociar de la simple mención de los Estados Unidos, habían desaparecido por completo bajo el sol del Pacífico. Y para ello había tenido que hacer justo lo contrario que entonces: violar decida y voluntariamente una ley federal. Di la bienvenida a una desconocida sensación de paz interior y deseé poder conservarla durante el resto de mi viaje.

Tenía una ligera noción sobre cómo lograrlo. Tan solo había que seguir violando leyes federales. 

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