martes, 17 de noviembre de 2009

Capítulo 6. En el médico.


―Bueno, cuénteme. ¿Cuál es su problema?

La pregunta, así formulada, tenía unas connotaciones existenciales que me hicieron dudar durante un momento si darle una contestación pormenorizada o atenerme a la historia que unos minutos antes había ensayado mentalmente en la sala de espera. En la sencillez está la belleza, me dije, y utilizando ese argumento al que tantas veces había recurrido para convencerme de que es mucho más creíble una mentira simple que una verdad complicada, le respondí:

―Me duele la espalda.
―¿Y eso desde hace cuánto tiempo ocurre? ―preguntó el doctor.
―Cosa de un año, más o menos.
―¿Le han diagnosticado antes?
―Tengo una vértebra ligeramente torcida.
―Un golpe.
―Hmm… No.
―¿Le empezó a doler así sin más?
―Así sin más.

El doctor me miró fijamente durante lo que parecieron minutos y, después, hizo las anotaciones pertinentes en el formulario médico que poco antes me habían hecho rellenar en la sala de espera. Su camisa color verde hospital y el estetoscopio que le colgaba del cuello eran los únicos signos externos que identificaban su profesión. Igual que el resto de gente que hasta el momento había conocido en Los Ángeles, el mensaje que transmitía su cara era completamente distinto al que proclamaba su atuendo, como si todo el mundo fuera un extra en una película barata. En este caso concreto, su rostro enjuto, sus mejillas hundidas como en una mañana de resaca, un leve pero reconocible acento que oscurecía ciertas palabras, y las moscas que ocasionalmente se posaban en el vello que le sobresalía de las orejas, me parecían más propios de uno de esos vendedores ambulantes de crecepelo que salían en las películas de vaqueros que de un galeno licenciado por una universidad donde realmente hubiera que estudiar para obtener un título.

Sin embargo, y a pesar de su aspecto de impostor, sus preguntas estaban empezando a ponerme nervioso, aunque, tal vez, el problema residía no tanto en las preguntas como en la actitud aparentemente profesional que adoptaba al escuchar cada una de mis respuestas. Antes de entrar en la consulta yo había cumplimentado el formulario médico con los datos de rigor: nombre y apellidos, motivo de la dolencia, existencia de un diagnóstico previo… El doctor seguía las preguntas en el mismo orden en que figuraban dentro del formulario, me escuchaba confirmar oralmente lo que había escrito, dedicaba dos o tres segundos a estudiar en silencio mi expresión como si estuviera intentando decidir si decía la verdad, y por último regresaba al formulario para garabatear largas anotaciones al lado de mis respuestas. Por lo que se me figuraba, había dos opciones: o bien no estaba haciendo más que “su trabajo” sometiéndome a un interrogatorio que, por lo demás, era un mero trámite burocrático; o bien era mucho más listo de lo que creía y no solo no se estaba creyendo mi historia, sino que además estaba dejando constancia por escrito de mis mentiras, con las complicaciones legales que éstas podían conllevar, especialmente aquellas derivadas de mi condición de inmigrante.

Al fin y al cabo, quién mejor que alguien que se hacía pasar por lo que no era para descubrir a un farsante. Si incluso en mi país mentir en un documento oficial estaba penado, en algunos casos hasta con la cárcel, no quería ni pensar qué podía ocurrirme en Estados Unidos. La pregunta entonces era: ¿cuánto de “oficial” tenía el documento que había rellenado? Pero ni siquiera esta duda me hacía sentir más tranquilo. Lo que me llenaba de pavor haciendo que tartamudeara cada vez que respondía al doctor era que de entre todas las falsedades que había escrito en el formulario médico, los únicos datos absolutamente ciertos que allí figuraban, en la cabecera, con letras de imprenta grandes y bien marcadas, eran mi nombre, mis apellidos y, en qué momento se me ocurriría: mi número de pasaporte.

― Mire, ésta es una clínica seria y necesitamos que la evaluación de nuestros pacientes sea lo más concienzuda posible. ¿Está tomando alguna medicación?
―No… Quiero decir, sí. El caso es que mi médico me recetó… ―¿por qué no se me habría ocurrido escribir en la casilla correspondiente del formulario algo más simple, como por ejemplo, migrañas? ¿Qué demonios se toma cuando tienes un dolor de espalda crónico? ¿Relajantes musculares? ¿Y lo más importante de todo: cómo se decía “relajantes musculares” en inglés?― me recetó esas pastillas que sirven para que te duelan menos… los músculos, ya sabe.
―¿Relajantes musculares?
―Exacto.
―Pero por lo que ha dicho usted antes el problema es óseo: una vértebra torcida.

Su forma de pronunciar las palabras técnicas confirmó la impresión que había tenido al principio. Había algo en su acento que era diferente a la forma de hablar de los californianos. No conseguía dar con lo que era, aunque ciertamente no me resultaba desconocido. ¿Dónde lo habría oído antes?

―Claro, pero los músculos de alrededor… ―respondí― Ya sabe, el esfuerzo.
―Le han hecho pruebas: rayos X, supongo.
―Por supuesto. Está todo diagnosticado.
―La dirección y el nombre de su médico de cabecera son los que figuran aquí, ¿verdad? ―dijo mirando de nuevo el formulario.

Respiré hondo intentando recobrar el valor: había llegado el momento decisivo del interrogatorio. Y mientras hiperventilaba me pregunté ¿cómo era posible que me hubiera metido en tal situación?

Soy de la opinión de que no se conoce realmente una ciudad hasta que uno no entra en contacto con los barrios y las gentes que se mueven en la frontera de la ilegalidad. Si no siempre, con bastante frecuencia me he manifestado partidario de esta escuela de pensamiento; exactamente con la misma frecuencia con que me tomo más de dos whiskys rodeado de amigos lo suficiente borrachos como para estar dispuestos a escuchar mi opinión al respecto. De tanto en cuando, al ser humano se le ocurre la absurda idea de que las palabras han de estar confirmadas por los actos y, esa misma mañana, pensé que solucionado ya mi problema de alojamiento y, sobre todo, después de haber conseguido desmontar con un simple destornillador el detector de incendios de mi estudio, era la ocasión ideal para abrazar el método científico y contrastar mis teorías con la experiencia sumergiéndome por un día en los oscuros callejones del inframundo de Los Ángeles.

Había decidido comprar marihuana.

En principio, el único obstáculo que se interponía ante mi deseo de emociones fuertes estribaba en que comprar marihuana en California era completamente legal. Tan solo necesitaba entrar en alguna de las consultas médicas de Venice Beach que ofrecían recetas por algo más de cien dólares y acercarme después con el documento oficial al dispensario más cercano. Sin embargo, no me dejé arredrar por este pequeño inconveniente, lo que es más: el hecho de poder experimentar la cercanía del crimen y el vicio sin que la policía me diera una paliza me resultaba altamente tranquilizador. Al llegar a Venice Beach todo había parecido muy sencillo, ¿quién se habría imaginado en ese momento lo complicado que se iba a volver todo después de entrar en la consulta?


Media hora antes de que ocurriera esto, el enfermero de la clínica del Doctor Kush me había asegurado que, aunque antes de extenderme la receta el galeno me tenía que hacer una serie de preguntas sencillas, no importaba las milongas que le contara siempre y cuando lo hiciera con la suficiente convicción. Al principio me extrañó la firmeza con que insistió en este punto, pero no le di la mayor importancia, considerando que el enfermero en cuestión rondaba la puerta de la clínica vistiendo pantalones vaqueros y gafas de sol, con un cartel que rezaba “the doctor’s in!” para que a los viandantes que intentaba captar no les quedara duda de que allí se extendían recetas en el acto y sin mayor trámite. El aspecto de la sala de espera de la clínica, poco más que un garaje abierto al paseo marítimo en el que habían dispuesto unas sillas de playa, contribuía a confirmar la impresión de que, después de todo, la consulta médica que había que pasar no sería más que mero papeleo y que la conversación con el doctor estaría trufada de guiños y de codazos cómplices. ¡Qué diablos! ¡A lo mejor hasta me ofrecía una muestra gratuita de mi medicamento como quien le da una aspirina a un niño para que se le pase el dolor de cabeza de camino a la farmacia!

―Ésta es una clínica seria ―aseguró sin embargo el enfermero, mientras se arreglaba la goma de la coleta―, por eso son inevitables ciertas formalidades. Lo único que tienes que hacer es rellenar este papel. Explicas en qué consiste tu condición médica: náuseas, ciática, lo que sea; y luego escribes aquí el nombre de tu médico de cabecera.

Al escuchar eso me di cuenta de que la cosa no iba a ser tan sencilla como pensaba.

―Pero mi médico está en España ―respondí.
―Aaaah, no importa: pon cualquier cosa entonces. Sólo son datos que nos solicita el Departamento de Sanidad…
―¿El Departamento de Sanidad? ―dije alarmado, porque la verdad es que no se me había ocurrido que hubiera algún tipo de control oficial en todo este asunto― ¿Y no habrá ningún problema siendo yo español? No tengo tarjeta de residente del Estado de California.

El enfermero se bajó ligeramente las gafas de sol y se quedó por un instante pensativo. Al rato contestó, como si llevara al pie una de esas notas del traductor donde dice “en español en el original”:

Ninguno problema, amigo ―y luego aclaró―, aceptamos cualquier tipo de identificación. Con tu pasaporte vale.

Aquello me tranquilizó, pues había leído en Internet que en algunos estados donde era legal recetar marihuana medicinal existía como requisito ser ciudadano de dicho estado, cosa que podía probarse mediante el carné de conducir o con una tarjeta de identificación estatal.

―Lo importante es que, cuando rellenes el formulario, pongas siempre direcciones de aquí ―me advirtió el enfermero―. Ya verás, es pan comido.

Y en efecto, eso parecía a juzgar por la atmósfera general de choteo que reinaba en la sala de espera, donde el resto de pacientes rellenaba sus formularios. Mi única preocupación era que debía darle al médico mi nombre verdadero pues la receta era nominal y en el dispensario tenían que comprobar que mis datos coincidieran con los del pasaporte.

―¿Y cuánto cuesta la receta? ―pregunté por curiosidad, sin acabar de decidirme a dar el paso.
―Oh. Ciento cincuenta dólares, pero eso es algo que podemos discutir.
―¿Ciento cincuenta? ―exclamé arriesgándome a emplear una argucia típica de la Universidad de la Calle que mi larga experiencia como espectador de cine policiaco me había enseñado―. En otras clínicas cobran noventa dólares. Me parece demasiado caro.
―Como estaba diciendo, podemos hacer una pequeña rebaja de precio. Te lo dejamos en ochenta.

Sin dudarlo un solo momento más, acepté la oferta reprimiendo en algún lugar oscuro de mi memoria el pequeño detalle de que mis datos personales iban a ir a parar a algún despacho oficial de un Estado gobernado por Arnold Schwarzennegger. Me senté con el resto de pacientes en la sala de espera a rellenar el formulario y, aunque un par de miradas me bastaron para comprobar la negligencia con que éstos cumplimentaban la información de rigor, decidí que, dada mi condición de extranjero, era conveniente que mi historia no tuviera fisuras, para lo cual era indispensable que no hubiese ninguna contradicción entre las respuestas que le iba a dar oralmente al doctor y la información que estaba escribiendo en el papel. Seguí los consejos del enfermero y, puesto que era necesario dar a entender que llevaba bastante tiempo viviendo en Los Ángeles y que había pasado una consulta previa con otro médico de la ciudad antes de recurrir al recetado de marihuana, sopesé con gran cuidado la elección del nombre y la dirección del colega que supuestamente me había atendido, inclinándome por algo que me resultara fácil de recordar.

―Le estaba preguntando si la dirección y el nombre de su médico de cabecera son los que figuran aquí ―repitió el doctor, lo cual hizo que me preguntase cuánto tiempo había permanecido callado mientras sufría el flashback.
―Ocean Park Boulevard 2830, Santa Mónica.

Recité de corrido y con pleno convencimiento la dirección que había puesto en el formulario, pues coincidía con la del hotel donde había estado viviendo durante todo el mes de octubre.

―Y ahí es donde está la consulta del Doctor Albert Speer, ¿correcto?
Shpear ―le corregí― Es alemán.

Al ver cómo levantaba una ceja al corregirle comprendí que lo peor había pasado. Algo me decía que el hecho de haberle llamado la atención sobre su incorrecta y americanizada pronunciación de aquel apellido, haría que un halo de credibilidad se extendiese al resto de mi historia, confiriéndole, como por contagio, verosimilitud. Una pequeña verdad en medio de una sarta de mentiras puede hacer que cualquier desinformado muerda el anzuelo igual que un pez ante el espectáculo de un lustroso gusano. En realidad, lo había tramado todo mientras rellenaba el formulario. Se me había ocurrido dar a mi supuesto médico de cabecera el nombre del arquitecto oficial del Tercer Reich y posterior Ministro de Armamento, pues estaba seguro de que nadie sería capaz de identificarlo y mucho menos un doctor de playa con un título comprado en una universidad a distancia en un país ignorante de la historia europea. No me quedaba muy claro por qué, de entre todos los nombres del mundo, había elegido precisamente ése, o incluso por qué no me había inventado uno cualquiera, pero en aquel momento la idea me pareció absolutamente brillante. De inmediato me sentí completamente relajado, la tensión que sentía por todo el cuerpo se alivió de repente y, con plena confianza en mí mismo, me crucé de brazos y piernas sentado tras la mesa del doctor a la espera del resultado de mi obra maestra.

―Entonces el Doctor Shpear le ha recetado relajantes para la columna.
―Sí ―dije consiguiendo apenas contener una carcajada al escuchar aquel chiste involuntario, que, para ser fruto de la ignorancia, el doctor acompañó de una enigmática sonrisa―, los estuve tomando durante algún tiempo, pero no me quitaban el dolor.
―No le quitan el dolor. Entonces ¿considera que la marihuana puede aliviar su condición médica?
―Claro.

El médico marcó una casilla del formulario con lo que, desde donde me encontraba, me pareció una X. Era una buena señal: decididamente se lo había creído todo.

―Diría usted que su… dolor de espalda afecta negativamente a su vida personal.
―Sí ―de nuevo una X en el formulario.
―Y que la marihuana le ayudaría a recobrar la normalidad en este ámbito.
―Por supuesto ―contesté―. El dolor no me deja dormir.
―Ah, insomnio ―otra X más―. Entonces ¿podríamos decir que el consumo de marihuana le facilitaría desempeñar con mayor eficiencia su actividad laboral? ―dijo leyendo la pregunta del formulario.
―Absolutamente.
―¿A qué se dedica usted?

Me decidí una vez más a responder siguiendo el Principio de la Mentira Simple que me había guiado desde el comienzo de la consulta.

―Soy profesor de universidad.
―¿Qué enseña?
―Literatura.

El doctor asintió como si en algún lugar de mi respuesta se encontrara la confirmación de algo largamente meditado durante años de reflexión.

―Muy bien. Voy a extenderle una recomendación para el uso de marihuana medicinal ―dijo cerrando la carpeta donde tenía el formulario.

Al oírle decir esto caí en la cuenta de que el acento del doctor era de Texas. Por eso me había resultado familiar desde el principio: hacía dos años había pasado las navidades en Austin y mi excelente oído había almacenado el deje prosódico característico de la zona.

―Puede pasar por caja para pagar la consulta y allí mismo le entregarán la receta. Es válida durante un año. Si a pesar de eso persiste el dolor, vuelva a su médico de cabecera.
―Por supuesto ―dije con total convicción.

Con una sonrisa de oreja a oreja hice lo que me había dicho y pagué en caja los ochenta dólares. Mis planes no solo habían salido a la perfección, sino que además había conseguido la receta casi por la mitad del precio que pagaban los pardillos que captaba el enfermero de la clínica. Ahora por fin tendría acceso a las más sabrosas variedades de la hierba californiana, desconocidas por completo en el Viejo Continente, lo cual suponía un remedio bastante definitivo para aplacar el largo flirteo que, desde mi llegada a Los Ángeles, había mantenido con el miedoyasco. Al meterme la receta en el bolsillo, el doctor se me acercó y, con el brazo extendido hacia el paseo marítimo indicándome la salida, me dio una palmada en el hombro para despedirse de mí.

―Como se dice en mi país: Kommen Sie bald wieder ―y aclaró―, o quizá debería decir: espero que no tenga motivos para volver de nuevo…


Mientras caminaba a toda prisa alejándome de la playa rumbo a un buen dispensario en la parte noble de Venice, cruzando la avenida Pacific en dirección opuesta a la playa, empecé a sospechar, y este tipo de sospechas siempre me asaltan demasiado tarde, que tenía todos los motivos del mundo para sentirme bastante estúpido. O si no todos, al menos dos. El primero, que de entre todos los acentos del mundo había sido incapaz de distinguir que el del doctor era precisamente alemán, por no hablar de mi metedura de pata al corregirle erróneamente su pronunciación. Si el desliz que acababa de cometer hubiera tenido lugar en una sala de interrogatorios de las SS, me hubieran fusilado de inmediato y, lo que es peor, nadie se hubiera creído mi historia.

Ésa era precisamente la segunda razón por la que me sentía estúpido: todos mis esfuerzos por elaborar una historia creíble habían sido inútiles. Había empleado una cantidad considerable de tiempo, casi dos horas durante las cuales tuve que soportar las miradas inquietas de las asistentes que atendían la sala de espera, en construir un historial médico lleno de sufrimiento y superación personal, con todos los ingredientes de un gran drama: pérfidos personajes del Tercer Reich escondidos en un hotel de Santa Mónica haciéndose pasar por médicos de cabecera, la historia de un joven profesor de universidad (a decir verdad, becario) que no se deja arredrar ante los obstáculos que su enfermedad interpone en su vida profesional, y no olvidemos el tema del insomnio, pues había preparado un buen número de ilustraciones de aquel infierno para convencer al doctor de mi cuento: desesperados paseos noctámbulos por calles solitarias con la esperanza de que en algún momento el cansancio venciera al dolor y fuese posible conciliar el sueño, ojos inyectados en sangre mirándome desde el espejo por las mañanas, viajes en autobús en los que me asalta finalmente la somnolencia con fogonazos de pesadillas que, a pesar de durar apenas unos segundos, son vividas como si fueran horas. ¿Y todo ello para qué? El examen médico había sido un paripé: aunque no había conseguido engañar a aquel doctor ni por un momento, me hubiera extendido la receta aunque hubiese entrado diciendo que me dolía el dedo gordo de un pie. Me alegraba, por supuesto, el haber obtenido después de todo lo que quería, pero no podía quitarme el mal sabor de boca que se le pone a uno cuando sabe que no se ha ganado con el sudor de la frente el pan que pone sobre la mesa.

Todo había sido demasiado fácil. Había acudido a la consulta en busca de emociones fuertes, en busca de aventura, de empaparme en la suciedad de un mundo lleno de subterfugios, mentiras y deseo, y lo único que había conseguido a cambio era una nueva dosis de capitalismo barato. Si tienes dinero, consigues lo que quieres; el sudor y la adrenalina jamás jugarán papel alguno en la transacción. Y para colmo, el médico había firmado la receta con el nombre de Doctor Werner Von Braun, lo cual era una retorcida tomadura de pelo, considerando que se trataba del nombre del ingeniero que, por orden de Albert Speer, diseñó los cohetes V2 que se lanzaron sobre Inglaterra. Quedaba también la opción de que, más que gastarme una broma pesada, ésta fuera su forma de hacerme un guiño para indicarme cortésmente que había reconocido mi juego. Esto me gustaba mucho más. Después de pensarlo un par de veces, decidí tomarlo con la misma deportividad con que un verdadero gentleman aficionado al ajedrez recibe un inesperado jaque mate como respuesta a su hábil gambito de reina. Aunque también había una tercera aunque lejana posibilidad. Al terminar la guerra, los terribles cohetes del doctor Werner Von Braun le valieron de inmediato un contrato por parte del gobierno estadounidense y, después de pasar por varias agencias, acabó sus días en la NASA convencido de la existencia de una sociedad extraterrestre en la luna. Dada la enorme reputación que estos logros le habían labrado en Estados Unidos era incluso posible que el hecho de que el médico hubiera firmado con su nombre no fuera un guiño o una broma, sino que aquel tipo fuese realmente descendiente de Werner Von Braun y que no solo no ocultara, sino que se enorgulleciera de firmar con su nombre verdadero. Seguí fantaseando con esta posibilidad (¿sería su nieto?, ¿tendría el uniforme de su abuelo escondido en un armario?) hasta que comencé a notar que mi estado de ánimo mejoraba perceptiblemente.

Evidentemente no creí ni por un momento que todo esto fuera verdad, es más, estaba totalmente convencido de que la única intención de la firma no había sido otra que la de tomarme el pelo, pero el caso es que recordé con nostalgia aquella atávica forma de consuelo tan propia de mi país basada en el credo de que cuando te toman el pelo no pierdes algo, sino que acabas de ganar una nueva forma de tomar el pelo a alguien. Bien pensado, la firma de Werner Von Braun bien merecía ochenta dólares. ¡Ya estaba viendo la cara de chasco que pondrían al verla todos aquellos amigos de Madrid que atribuían al exceso de alcohol mis lecciones sobre los bajos fondos! Abrí el cuaderno de notas que me había comprado después de conocer a la loca de las bolsas, y mientras seguía andando, anoté en él todos los sórdidos detalles que recordaba de la consulta y otros más que no recordaba ya que me los iba inventando sobre la marcha, pero que servirían igualmente para dar verosimilitud y adornar la historia que les iba a contar a mis amigos sobre mi encuentro con el auténtico Werner Von Braun. Tanto levantó esto mi espíritu que, cuando llegué al dispensario y abrí la puerta, entré rebosante de confianza en mí mismo, seguro de que todo iba a salir bien con esa despreocupación que uno solo puede tener cuando sujeta en la mano una receta firmada por un doctor nazi.
―Quiero marihuana ―le dije a la dependienta que atendía tras el mostrador.

Ésta me miró con sus ojos orientales como si no entendiera nada y entonces caí en la cuenta de que quizá la manera que había tenido de expresarme no era la más adecuada para una casa decente como ésa.

―¿Podría darme un poco de cannabis terapéutico? ―me corregí entregándole la receta.

La dependienta examinó el documento sin encontrar nada extraño en él, luego volvió a mirarme y dijo:

―¿Puedo ver su identificación?

Antes de que pudiera terminar su pregunta ya tenía delante mi pasaporte, el cual le extendí con la mano temblorosa de emoción.

―Me refiero a su tarjeta de residente de California ―dijo sin molestarse en coger el pasaporte.
―No tengo tarjeta de residente de California ―contesté perplejo.
―No nos sirve el pasaporte. Sólo podemos dispensar marihuana medicinal a los residentes en California.
―Pero… si yo resido aquí. Acabo de alquilar un apartamento.
―Entonces es sencillo. Lo único que tiene que hacer es ir con su contrato a Inmigración, donde le tramitarán su tarjeta de residente. Traiga el resguardo que le entregarán allí. Eso nos sirve como identificación.
―He alquilado el apartamento solo por dos meses. No tengo contrato. No puedo firmar uno porque no tengo visado de trabajo ni de residencia.
―Entonces no hay nada que hacer. No puedo dispensar marihuana con un pasaporte extranjero.
―Pero, en el consultorio médico me extendieron la receta con solo enseñarles el pasaporte.
―¿Y le dijeron que no había ningún problema siendo extranjero, verdad? Suelen hacerlo. No importa lo que le hayan dicho. Le han engañado.

Después de probar suerte con el mismo resultado en otros dispensarios del bulevar Abbot Kinney, la calle más jipija de Los Ángeles, me convencí de que la dependienta tenía razón. Me habían engañado, lo cual daba cierta lógica al hecho de que hubieran aceptado tan rápidamente rebajarme casi a la mitad el precio de la receta. La culpa de todo esto la tiene el sistema, decidí, convencido de que era mucho más conveniente buscar responsabilidades en un ente abstracto que en los actos de una persona concreta, más que nada porque no me apetecía en absoluto volver al consultorio para reclamar y que se rieran de mí. La respuesta, una vez más, se encontraba en la dinámica del capitalismo. En realidad, el “enfermero” del consultorio no había mentido al decir que no tendrían ningún problema a la hora de extenderme la receta siendo extranjero. El engaño residía en la información que había ocultado: evidentemente la consulta estaba autorizada legalmente a extender recetas a cualquiera, pero este cualquiera debía estar en posesión de un visado y de un contrato de alquiler para estar autorizado legalmente a utilizarla. Detrás de ello se escondía la misma lógica del vendedor de coches usados que le asegura a su cliente que el motor de ese Cadillac del 56 funciona a la perfección, sin advertirle que tiene los frenos rotos; o la agencia que alquila un piso infestado de ratones mostrando fotos de un piso piloto. Siempre que éstas vayan acompañadas de una leyenda diminuta del tipo “el producto real puede no corresponderse con las fotos”, la venta de un producto inútil (o peligroso) no es criminal, tan solo responde al principio capitalista de rellenar los vacíos legales que existen en todas las actividades humanas con la única máxima de “vende sea como sea”.

La lógica que hay detrás de los vendedores sin escrúpulos, en el fondo, no es tan difícil de comprender. Si todo el mundo se plantease siempre las cosas tal y como yo me las planteaba en ese momento nadie podría vender nada y la economía se vendría abajo, pero de nuevo el capitalismo tenía la solución para acallar las conciencias de sus mercaderes: bastaba tan solo con sugerirles que cambiasen su sistema ético por el sistema legal. Si algo no es ilegal, ¿por qué hacerse preguntas sobre su validez ética? La única forma de defender al consumidor contra esta lógica es una regulación lo suficientemente fuerte y sin fisuras como para que nadie pueda aprovecharse de los vacíos legales. Por ese mismo motivo (o más bien porque volvía a sentirme estúpido al saberme engañado) se me antojaba ahora tan peliaguda la semi-legalización de una actividad como la venta de marihuana, a pesar de que unas pocas horas antes me había parecido maravillosa. Puesto que lo único que exigía el Departamento de Sanidad era una serie de datos médicos del paciente que, luego, no iban a ser comprobados, se les abría un nuevo mercado a los médicos sin escrúpulos dispuestos a recetar un tratamiento sin haber visto antes el historial médico real del paciente. En realidad todo este asunto era bastante absurdo porque en realidad ni el Departamento de Sanidad ni los legisladores estatales ni los médicos creían ni por un solo momento que la gente fuera a fumar marihuana por curarse un dolor de espalda o por ningún otro motivo que no fuera ponerse hasta las trancas. La irresponsabilidad de todo el sistema me espantaba. ¿Y si al no exigir el historial médico real se recetaba marihuana a alguien a quien nunca debería habérsele recetado? Es decir, a alguien como yo. Si ya de por sí cualquier pequeña cosa, como por ejemplo alquilar un piso, ver un espectáculo acrobático o mantener una simple conversación en una cafetería con un cliente un poco “peculiar”, se convertía instantáneamente en un gran problema de dimensiones morales insospechadas, guiadas principalmente por un factor que a estas alturas se había convertido en un estilo de vida, la paranoia, ¿cuáles serían los efectos que podría provocarle la marihuana a alguien como yo, cuya mayor experiencia alucinógena en su vida había tenido lugar al descubrir en su infancia que a los treinta minutos de película El Mago de Oz pasaba del blanco y negro al color?


No se me escapaba que los argumentos que estaba esgrimiendo podían utilizarse tanto para defender la total legalización de las drogas como para todo lo contrario, más que nada porque todos mis argumentos sobre cualquier tipo de tema eran siempre igual de confusos y bipolares, como si estuviera perpetuamente sufriendo los efectos secundarios de la marihuana sin ni siquiera haberla probado. ¿Cuál era la solución entonces, legalizar por completo su venta o prohibirla?

Estaba claro que prohibirla. De entre todas mis ideas políticas y sociales, la única en la que tenía absoluta certeza podía resumirse con la siguiente fórmula: “todo lo bueno debería estar prohibido”. Mi firme creencia en que la ilegalización del acto sexual haría mucho por mejorarlo (en general) jugaba un importante papel en todo esto, al menos como ejemplo; aunque también había bastantes otros. Todas las cosas juzgadas como inaceptables en tiempos pasados sufren un automático descenso de calidad en cuanto el sistema capitalista las asume y les otorga una patente de respetabilidad. Basta con pensar en lo que Kenny G le había hecho a “esa indecente música negra de los 50”, o en el nulo significado que puede tener hoy en día llevar una camiseta con la imagen del Ché Guevara estampada. Esta regla era universalmente válida hasta para las cosas más cotidianas. Hace treinta o cuarenta años, el ser vegetariano podía ser considerado una auténtica excentricidad, pero una vez asumido como algo válido y útil socialmente, las calles del cualquier ciudad estadounidense se llenaban de supermercados de “comida natural” donde uno podía encontrar todo tipo de productos sin leche, sin grasa y sin carne, pero por supuesto con la misma cantidad de aditivos y conservantes químicos que podían encontrarse en los productos de los supermercados ordinarios. Cuando una sociedad empieza a aplicar el adjetivo “natural” al sustantivo “comida” como una plusvalía y no como algo habitual, amigo mío, esa sociedad tiene un serio problema. La conclusión lógica a la que me llevaba todo esto era que, tal y como estaban las cosas, si queríamos conservar alguna oportunidad de sentir placer o alguna emoción mínimamente humana de vez en cuando, la comida, el sexo, el cine, la música y las drogas deberían ser ilegalizadas de inmediato.

O al menos así pensaba hasta que, en mi meditabundo vagabundeo, se me ocurrió que si existían consultorios médicos con la suficiente escasez de escrúpulos como para vender una receta a un extranjero sin visado, también debía haber dispensarios con la misma falta de escrúpulos como para venderle marihuana, lo cual no solo acabó de inmediato con las profundas convicciones anti-capitalistas que acababa de abrazar, sino que me lanzó a toda prisa de vuelta a la playa, y a cruzar de nuevo esa frontera entre el mundo de los locos y el mundo de los tarados que es la avenida Pacific, para dirigirme al dispensario más sórdido, cutre e indecente que pudiera encontrar en Venice Beach.

Lo que diferenciaba al dispensario en el que finalmente entré del resto de los que había estado antes, era que para acceder a éste había que subir a un piso. El dependiente que me atendió no era una señorita decorosamente vestida con una falsa bata de enfermera, sino un mexicano con una camiseta de Padre de Familia que recogió mi receta y mi pasaporte sin pensárselo dos veces y, sobre todo, sin poner la menor objeción a mi condición de extranjero más o menos ilegal. Mientras introducía mis datos en un ordenador, cuyo objeto supongo que sería cubrirse las espaldas en el caso de que yo o cualquier otro cliente tuviésemos la intención de sacar una escopeta para asaltar el local, me senté a esperar en una de las sillas que a tal efecto había en la sala. Al hacerlo, tropecé sin querer con un objeto que, en un primer momento, al lanzar una rápida mirada al suelo, identifiqué como una tabla de surf excesivamente pequeña, pero que, al mirar con mayor detenimiento, descubrí que era un monopatín después de ver las ruedas que tenía bajo la tabla ovalada de madera.

―Lo siento ―dije.
―Olvídalo, tío ―respondió el dueño, un chico en la mitad de su veintena, con el pelo oxigenado y colocado hasta las cejas―. No importa. No le has hecho daño. Es fuerte.

Asentí convencido de que lo que me decía era cierto.

―Tío, ¿sabes el nombre de algún tsunami japonés?
―¿Cómo? ―pregunté desconcertado.
―El nombre de algún tsunami japonés ―repitió.

Al notar que su compañero, un chico de su misma edad sentado a su lado, le tiraba de la manga de la camisa, el joven de pelo oxigenado giró la cabeza hacia él y argumentó en voz baja: “Te digo que este tipo tiene cara de saberlo. Deja que responda”. Cosa que me pareció lo más conveniente hacer cuanto antes, pues por lo que sabía, aquellos dos podían ser unos drogadictos peligrosos dispuestos a robarme todo el dinero que llevaba encima. Rebusqué en mi archivo mental de tsunamis japoneses hasta que di con la respuesta más cercana a lo que me pedía.

―¿Hokusai?
―Te lo dije, tío ―exclamó el del pelo oxigenado, dirigiéndose a su compañero―. Hokusai. Ya tenemos cuatro. El Midori, el Akane… ―dijo mientras iba contando con los dedos.
―El Kiyoshi… ―le ayudó su amigo.
―¡Y el Hokusai! ―concluyó el otro― Dios, cómo me gustaría pillar una de esas olas…

Mientras ocurría todo esto, un par de clientas de la misma edad, aunque por su aspecto, residentes en alguna zona geográfica o espiritualmente cercana a Beverly Hills, conversaban entre sí en su dialecto materno mientras esperaban, como todos los que nos encontrábamos allí, a que tramitaran nuestros datos antes de darnos paso a la zona del dispensario que llamaban “el club”, es decir, donde tenía lugar propiamente la transacción comercial. A pesar de las dificultades de comprensión que dicho dialecto entrañaba para el turista, apenas bastaba con pasar un mes en Los Ángeles para aprender a descifrarlo. Al parecer, tenía una base de inglés sobre la que operaba una única pero fundamental regla lingüística: que tres de cada cuatro palabras que usara el hablante fueran “like”, “youknow” y “ohmygod”, que en español podemos traducir por “osea” (en los tres casos). Los flatlanders, como llamábamos los habitantes de la playa a los aborígenes de los barrios altos, habían conseguido tal dominio del dialecto, que mediante la permutación y la repetición de esas tres palabras, e incluso prescindiendo de una cuarta, eran capaces de elaborar cualquier mensaje lingüístico por complejo que pareciera. Si bien para el oído no entrenado, un veloz intercambio de likeohmygodyouknowohmygodlikeyouknows sólo podía suponer una hemorragia auditiva interna debido al puntiagudo timbre de voz de los hablantes, especialmente si eran hembras, a mí no me costaba entender lo que decían estas dos, que a grandes rasgos se podía traducir de la siguiente manera:

―Ayer terminé de leer el Diario de Spandau de Albert Speer.
―¿El libro que te recomendó tu peluquera?
―Ése. Estoy conmovida. Es asombroso cómo un ser humano puede recuperar su dignidad en una situación de total aislamiento sustituyendo las carencias de su triste mundo cotidiano con el simple poder de su imaginación.
―Y no olvides la dimensión moral del caso de Speer. El otro día, mientras me hacían los pies, tuve una conversación interesantísima con mi asistente de uñas sobre el dilema de la Alemania de posguerra. ¿Quién puede poner la mano sobre el fuego y decir “yo no hubiera cerrado los ojos” si se encontrara en la misma situación? Después de todo, ¿no cerramos todos los días los ojos ante las injusticias de una sociedad supuestamente libre?
―Ahí es donde yo quería llegar, ahí es donde yo quería llegar.

O quizá no era eso exactamente lo que decían, pero me pareció entenderlo así. El caso es que, llegadas a este punto de la conversación y mientras estaba empezando a ponerme nervioso por el excesivo tiempo que se estaba tomando el dependiente para anotar mis datos, entró en la sala un hombre, esta vez algo mayor que el resto, es decir, de mi edad. Tenía la natural torpeza de movimientos y palabra de quien acude a un dispensario como si bajara a un Ralph’s a comprar leche todas las mañanas. Después de tropezar con el monopatín del chico de pelo oxigenado, se dirigió al dependiente sin más preámbulos con una frase que me resultaba familiar.

―Quiero marihuana.

El dependiente le miró sin exteriorizar el menor signo de sorpresa y le pidió la receta y su documentación. El hombre se metió la mano en el bolsillo y le entregó su cartera, cuyo grosor era similar al de una Biblia de bolsillo.

―Búscalas, por ahí deben de andar. Aquí está todo lo que tengo…

Al decir esto, todas las conversaciones que había en curso al mismo tiempo dentro de la sala se interrumpieron de inmediato y nos quedamos sumidos en un silencio incómodo. El dependiente extrajo la receta y la documentación de la cartera con la facilidad del que ya sabe dónde encontrarlas, y dio paso de inmediato a aquel hombre al “club”. La charla se reanudó en la sala como si nada hubiera pasado, y unos minutos más tarde, el dependiente nos dijo también al resto que podíamos pasar.

Fin.

Es posible que quienquiera que haya leído todo esto esperase un final climático o, al menos, una prolija descripción del “club” con su zona de venta atendida por señoritas que fumaban un porro tras otro elaborados con el mismo producto que despachaban por debajo de una pantalla de plástico; o tal vez una reflexión a forma de moraleja sobre los ominosos augurios que habían agitado mi psique al presenciar la entrada del hombre de la cartera; o en el caso de que el frasquito con un octavo de onza de “factoría de resina de cachemir” con el que había salido del dispensario me hubiera hecho olvidar tal moraleja, tampoco hubiera estado de más acabar subrayando algunos aspectos simbólicos sobre el papel que cumplen las narraciones y la creación de un mundo imaginario a la hora de sobrellevar la monotonía cotidiana, o sobre las contradicciones en que la condición humana cae de continuo para acomodar sus opiniones y su ideología a sus miedos y deseos, o sobre la tendencia del ser humano en su soledad a proyectar sus obsesiones sobre los acontecimientos externos, o incluso sobre la lejana posibilidad de que para hacer una historia creíble quizá, y solo quizá, lo mejor sea contar la verdad.

El caso es que también yo esperaba alguna de estas cosas, así que imaginen mi decepción cuando me acordé de que justo a la mañana siguiente llegaban mis padres a Los Ángeles, dispuestos a dar comienzo a unas merecidas vacaciones y, de paso, ver a su hijo, del que hacía más de un mes que no tenían noticias. La perspectiva de que se lo encontrasen en el aeropuerto puesto hasta las cejas me aterrorizó tanto que se me olvidaron de inmediato todas las implicaciones que pudiera tener la historia que acabo de contar y me dispuse a preparar el siguiente capítulo, por supuesto, sin fumar ni un solo porro.




lunes, 2 de noviembre de 2009

Capítulo 5. Paranoia Inmobiliaria.

―Sí, ¿dígame? ―se manifestó una voz al otro lado del teléfono en un inglés casi ininteligible.
―Le llamo por el anuncio, ya sabe, ¿el apartamento que alquila en Venice?
―Ah, sí, sí. ¿Ha visto las fotos en la página web?
―Sí. Sería por dos meses, comenzando el 1 de noviembre. ¿Está disponible para esa fecha?
―Claro.
―¿Podría ir a verlo, digamos, mañana?
―Bueno… Verá, en realidad hay alguien viviendo en él todavía y no sé si será posible. Pero ¿ha visto las fotos, no?

Su acento francés era tan fuerte que durante un rato no supe qué contestarle: pensé que no le había entendido bien.

―Sí, he visto las fotos. Pero me gustaría ver también el apartamento.
―Ah, pues es exactamente igual que en las fotos. Si le parece nos vemos mañana para firmar el contrato. Son 1600 dólares al mes más la mitad de depósito.

Efectivamente, a pesar de que inglés era peor que el mío, le había entendido a la perfección.

―Oiga, mire. ¿No podemos quedar antes para ver el apartamento?
―Pero, si ya ha visto las fotos… ¿qué es lo que quiere ver?

Y entonces colgué el teléfono.

Encontrar apartamento en Venice me estaba costando más de lo que había pensado. Había tomado una decisión. Después de llevar casi un mes viviendo en un hotel estaba empezando a parecerme a uno de esos borrachos impenitentes, vendedores de seguros divorciados o ludópatas con la casa embargada que se convierten en clientes fijos de los moteles de carretera. Como debo mi conocimiento de este país exclusivamente a las películas, siempre había pensado que esta clase de personajes no era más que una especie de licencia poética, pero ahora comprendía por fin que detrás de ellos hay una verdad como un puño: en esta ciudad es más barato vivir en algunos hoteles que pagando una renta mensual por un apartamento.

Sin embargo, los hoteles tienen sus inconvenientes. Y el más terrible de todos era que en ninguno de ellos dejan fumar. Este síntoma inequívoco de la decadencia de la civilización occidental me causaba pavor, máxime cuando había llegado a la conclusión de que el único remedio efectivo para sobrevivir al esmog del modo de vida americano era darle una caladita ocasional a un porro de marihuana. Vivir en una ciudad extraña siempre me ha causado cierta inquietud. En un lugar desconocido, el miedo y el asco siempre pueden estar acechando a la vuelta de la esquina. Cualquier excusa puede hacer que se abalancen sobre ti: una excesiva sucesión de días especialmente aburridos, las dificultades de comunicación con los indígenas, la nostalgia por el hogar, el tener que soportar unas reglas sociales o un modo de vida que me resultaba incomprensible... Para casos como ésos, siempre que salía de mi país llevaba conmigo un porro de marihuana. El cannabis conseguía ahuyentar momentáneamente la náusea del miedoasco; pero puesto que solamente llevaba una única dosis conmigo, sabía que en cuanto me lo fumara, me encontraría completamente desprotegido. Igual que aquellas piedras de la playa, el porro funcionaba por tanto como un talismán. Cuando empezaba a sentir los síntomas de la náusea, que siempre se manifestaban como el aleteo de una mariposa subiéndome por la garganta, bastaba llevar la mano al bolsillo y acariciarlo para saber que podía fumármelo en cualquier momento y superar la situación. El resultado era que casi siempre volvía de viaje sin habérmelo fumado. Sin embargo, en esta ocasión las cosas estaban resultando mucho más complicadas. La superficie de mi talismán estaba húmeda de tanto tocarlo y ya apenas podía distinguirlo de la masa arrugada en que acababan convirtiéndose los billetes de un dólar en el fondo del bolsillo. Sabía que, de un momento a otro, acabaría fumándomelo, lo cual me causaba un pavor adicional.

Un día, mientras estaba meditando mi dilema, me vino a la cabeza como en esos flashes de capítulos anteriores que ponen al principio de las series, que precisamente en California era legal comprar marihuana, siempre y cuando consiguiera una receta. El problema estribaba en que no estaba permitido fumar la medicina del Dr. Kush, bajo ningún concepto, en otro sitio más que en tu casa. He visto muchas películas y sé lo que ocurre cuando la policía de Los Ángeles se encuentra fumando marihuana en la calle a un mexicano o a alguien de cualquier latitud inferior (aún no tenía muy claro en qué parte de Centroamérica estaba España). Hasta fumarme un cigarrillo de liar en la calle me aterrorizaba. Al cabo de varios días de mi llegada, mi mano ya había aprendido a esconderse instintivamente detrás de la espalda al ver pasar un coche de policía por la calle. La solución era buscar alojamiento en Venice, el barrio más liberal de Los Ángeles, aunque tampoco las tenía todas conmigo. Casi todos los anuncios de alquiler decían claramente “non-smoking apartment” y aunque me extrañaba que el dueño pudiera controlar de alguna manera si se fumaba dentro del apartamento o no, pensaba que los detectores de incendios que había en casi todas las viviendas tenían que algo que ver con esa prohibición. Los detectores me producían una fuerte sensación de paranoia. ¿Serían tan sensibles como para saltar con el humo de un porro, o para el caso, de un cigarrillo? ¿Y si se disparaba la alarma al encender la medicina del Dr. Kush? ¿Cuáles serían las consecuencias?

El ojo que todo lo ve.

―Hemos hablado hace un rato por teléfono ―le dije a la chica que acababa de abrirme la puerta del siguiente de los apartamentos de mi lista.
―Pasa, pasa.

La vivienda era bastante decente. Mucho más de lo que esperaba, pues su dueña, o a quien yo tomé por tal, no había puesto ninguna foto en Internet. Aunque era un poco cara para su tamaño, me gustaba lo que estaba viendo; y para variar, era agradable el que la chica insistiera tanto en que inspeccionase todos los rincones de la casa, cosa que no siempre me resultaba sencillo debido a sus dos chihuahas, que me perseguían ladrando sin parar.

―Aquí está la cocina ―dijo la chica mostrándome una cocina americana anexa al salón―. El anuncio decía que el piso estaba amueblado, pero se me olvidó añadir que también te dejo vajilla, cubiertos, sartenes, todo lo que necesites.

Mientras me daba la espalda para abrir las alacenas y cajones donde se encontraban los artículos que me iba mencionando, aproveché para apartar a los perros con el pie y concentrar mi atención en el único detalle que necesitaba verificar para decidir si quedarme o no con el apartamento. De momento parecía todo en orden, no veía por las paredes ninguno de esos malditos detectores de incendios. ¿Estaría escondido en algún rincón? Jodidos perros. Tal vez ella fumara y por eso no había puesto detector. Al menos, si tuviera un cenicero a la vista, así sabría…

―Éste es el futón, se abre y se convierte en una cama. Armario empotrado. Y, ¡ah, el cuarto de baño! Mira, ven. Esto es lo mejor. Porque tiene algo que normalmente no suele haber en ningún apartamento.

¿Me estaría leyendo el pensamiento? ¿Habría adivinado el significado de mi expresión de ansiedad?

―Una bañera ―dijo con los ojos abiertos de par en par mientras la señalaba.
―Oye, perdona. Quería hacerte una pregunta. ¿Se puede fumar en esta casa?

La chica se me quedó mirando con cara de espanto durante un rato.

―Oh, no, no, no ―dudó un momento antes de proseguir―. Los dueños no lo permiten bajo ningún concepto.
―¿Los dueños?
―Bueno, es que el piso es un subarriendo. Por eso no puse fotos en Internet. Sus propietarios viven en el apartamento de al lado. De hecho, los dos pisos están comunicados por una puerta. Son un poco curiosos, pero no pasa nada. Ya les he dicho que me voy a ir por dos meses, y que durante el tiempo que esté fuera se va a quedar una amiga… es decir, un amigo… bueno, alguien. Es sólo que son un poco charlatanes y les gusta hacer preguntas.
―Pero ¿y si no les gusto y…? ―empecé a decir mientras buscaba con la mano mi talismán en el fondo del bolsillo.
―¿Por qué no les vas a gustar?

Se me ocurrían mil motivos: ojos inyectados en sangre, aliento de fumador, por no hablar de la inmensa variedad de olores exóticos que el producto local podía dejar en mi ropa. Era más que seguro que me denunciarían a la primera de cambio. ¿Quién sabe si en estos momentos no estarían… espiando? Ya estaba sintiendo las mariposas en la garganta. Me había parecido oír el sonido de una puerta abriéndose. En cuanto la chica se dio la vuelta para abrir otra alacena, desaparecí de allí lo más rápido que pude.

En calidad de aficionado al género negro siempre me había llamado la atención que muchas de las mejores novelas y películas de este tipo ambientadas en Los Ángeles trataran de alguna manera u otra el problema de la especulación inmobiliaria. L.A. Confidential, Inherent Vice, Chinatown, y sobre todo: ¿Quién Engañó a Roger Rabbit? No nos olvidemos de que el villano de esta película quería expropiar Dibúlibud para construir una enorme urbanización con centro comercial. Visto de esa manera, estas historias de detectives son, en cierta forma, literatura social. Uno no se puede imaginar lo que es la especulación inmobiliaria hasta que conoce Los Ángeles, incluso viniendo de un lugar donde el alojamiento es tan desproporcionadamente caro como Madrid. Había encontrado muy pocos anuncios de arrendatarios particulares, que eran además, los únicos que estaban dispuestos a alquilar algo por el corto periodo de tiempo que yo necesitaba. Esto se debía a que, en Los Ángeles, la gran mayoría de los apartamentos y casas en alquiler son propiedad de empresas privadas. Uno de cada cinco edificios de apartamentos tiene el cartel de “vacancy” colgado, así que es fácil imaginar la cantidad de alojamiento vacío que hay en la ciudad. Puesto que para una empresa el coste de un apartamento vacío es virtualmente igual a cero, les resultaba mucho más conveniente que siguiera desocupado antes que rebajar el precio del alquiler para ajustarse a la demanda. De ese modo los precios seguían hinchándose artificialmente.

En cuanto a comprar una casa, sólo había que mirar los anuncios de agentes inmobiliarios pegados en los bancos de las paradas de autobús para figurarse la pesadilla que podía ser aquello. Uno consigue un buen trabajo en la ciudad, el banco pone buenos ojos a la hipoteca y, cuando crees que por fin vas a poder descansar por las tardes sentado en tu sillón mientras endulzas con un poco de cannabis una película de Godzilla contra Mothra, te das cuenta de que, para comprar una casa, vas a tener que llamar a esta señora:


“¡No hagas ni un solo movimiento sin mí!”, dice el anuncio. No, señora; no lo haría por nada del mundo. De hecho, sigo en mi sillón paralizado del susto. El humo de marihuana acaba de penetrar en lugares de mis pulmones adonde en una situación normal nunca hubiera podido acceder, y no puedo moverme por el ataque de tos. ¿Qué clase de persona querría comprarle una casa a esta Bruja Malvada del Oeste salida de Corazón Salvaje? Personalmente yo preferiría que mi casa siguiera firme en el suelo al primer vendaval que se desate. Nuestra segunda opción es Jack Bitton:


A primeras luces parece una elección mucho mejor que la anterior, pero un análisis en profundidad nos sacará de nuestro error. Jack parece un tipo serio. De hecho recurre a un viejo refrán para demostrarlo: “Mucho trabajar y poco jugar… hacen de Jack un gran agente inmobiliario”. Si obviamos que, según el refrán original, lo que harían de Jack mucho trabajo y poco juego es “a dull boy”, esto es, un chico aburrido, hay que decir que al menos ha intentado poner una sonrisa genuina en la foto. Bien, Jack, digamos que eres un tipo enrollado, uno de esos que hace chistes mientras te intenta vender una casa y cuenta divertidísimas anécdotas de cuando estudiaba empresariales y se escondía las fórmulas de actualización financiera detrás de la calculadora. Sin embargo, hay algo en tu sonrisa que resulta incómodo, ¿verdad Jack? ¿Esa tirantez en la comisura de la boca? ¿Ese pequeño estremecimiento del labio inferior? Tus amigos también se han dado cuenta de ello durante alguna de tus barbacoas de domingo, pero se limitan a mirarte con embarazo, sin decirte nada. No saben de los ataques de ansiedad que sufres cada noche al llegar a casa, ni de las discusiones en la cama con Jenny, ni de la cara que puso tu hijo el sábado pasado cuando no pudiste ir a verle jugar al beisbol porque estabas demasiado ocupado, ni de la pistola que guardas en tu escritorio…

Pero no seamos tan duros con Jack, al fin y al cabo éste es un país muy competitivo. Es sólo que, Jack, quizá sería mejor ensayar una sonrisa más radiante e, incluso, adoptar una postura más decidida. En definitiva, mostrar un poco más de confianza en ti mismo. ¿No has probado nunca a leer un libro de autoayuda? ¿Por qué no haces caso a Jenny cuando te dice que leas todos esos libros que recomienda Oprah? Tu colega Ron Wynn lo ha hecho y mírale, ¡qué seguridad! ¡Qué prestancia! Ha conseguido borrar de su sonrisa cualquier signo que pudiera delatar el miedo, el asco o el tedio…




Aunque, bien mirado, creo que me gustaría tomarme unas cañas con Jack en cuanto consiga tener esa crisis que tanto viene necesitando, y preguntarle si la expresión de tahúres que ponen todos los agentes inmobiliarios en las fotos se debe a un intento de atraer compradores, o si por el contrario se trata de que el vendedor llame para poner su casa en sus manos. Porque yo estoy seguro de que ese Ron Wynn sería capaz de venderle una chabola a la Reina de Inglaterra y convencerla de que es el Palacio de Buckingham.

Así es como funciona el negocio inmobiliario en esta ciudad. O al menos yo estaba convencido de que así era, aunque mi opinión tampoco es que sea demasiado fiable que digamos. No olvidemos que, de momento, sigo corriendo calle abajo en la creencia de que unos propietarios a quienes ni siquiera he alquilado el piso me persiguen después de haber alertado a la policía. Pero hagamos una pequeña elipsis (¡es la magia de la literatura!) y precipitémonos hacia el final de esta historia, que tiene lugar en cuanto llamo a la puerta de mi tercera y última opción de alojamiento:

―Adelante ―dijo la mujer, dándome acceso al jardín de su casa, donde se encontraba un hombre, presumiblemente su marido, jugando con tres niñas pequeñas.

Al llegar a la dirección que figuraba en el anuncio, me sorprendió encontrar un chalé en lugar de un edificio de apartamentos. Decía claramente que era un estudio lo que se alquilaba, no una habitación en una casa particular… De nuevo, empecé a ponerme nervioso y a recibir vibraciones amenazadoras de la dueña, como si al tenderle la mano ella se hubiese dado cuenta de quién era yo realmente. Aunque me pregunté qué podía ser aquello tan terrible que había descubierto en mí, su reacción hostil me pareció completamente natural y justificada.

―El estudio está en el piso de arriba, como si fuera un ático ―dijo la dueña en una actuación digna de Óscar, haciendo como si no hubiera sentido aquella colisión de placas tectónicas―. Sígueme, es por aquí. Se entra por la escalera que está en la parte de atrás. Como ves, el ático es completamente independiente. No hay ninguna puerta que lo comunique con la casa.

¿Por qué estaba siendo tan amable? ¿Acaso era algún truco? Cuando llegamos a la entrada del estudio, al final de la escalera, asentí para mí mismo. Debía de tratarse de una buhardilla cochambrosa de ésas que se utilizan como trastero. Habrían puesto una cama dentro, la puerta y la escalera para darle una cierta apariencia exterior, y pensaban que con eso ya podían desplumar al primer europeo que pasara por allí. Pero estaban muy equivocados conmigo, porque no pensaba vivir en ningún cuchitril. Si no tenía más opción, prefería vivir debajo de un puente, o seguir siendo una licencia poética en un hotel de borrachos.

―Y aquí tienes el estudio ―dijo ella dándome paso al interior―. Cocina totalmente equipada, salón independiente, cama, sofá ―¿Qué estaba pasando aquí? ¿Por qué no había un futón extensible en lugar de cama? ¿Por qué el estudio era tan grande y luminoso? Las comodidades eran tantas que la cabeza me daba vueltas; las paredes y el techo se movían a mi alrededor―. Televisión por cable, Internet (puedes utilizar la wifi o bien puedes conectarte con un cable ethernet), este pequeño cuarto es el armario y, se me olvidaba, aquí está el baño.
―Mmmh, tiene bañera ―dije.
―Claro ―contestó ella como si no pudiera ser de otra manera.

Durante un instante se me pasó por la cabeza que justo había ido a dar con una especie de versión suburbana de la Familia Manson, y que era el mismísimo Charlie en una encarnación femenina a quien tenía delante de mis ojos, intentando engatusarme con todo tipo de comodidades a un precio bastante razonable para que me quedase a vivir con ellos. Mi habitual sentido común me indicó que me pusiera a gritar o que saliese corriendo de nuevo, o preferiblemente, que hiciera las dos cosas a la vez, pero en lugar de eso, inexplicablemente, me di cuenta de que la dueña de la casa había perdido de repente el aspecto amenazador que hacía un momento me había parecido que tenía y, de hecho, empecé a pensar que, en realidad, era simpática y que quizá lo que ocurría era que estaba diciendo la verdad.

―Lo cierto es que… me gusta el estudio ―le dije―. Pero creo que necesito un par de días para pensarlo.
―Tómate todo el tiempo que quieras ―contestó―. De momento has sido la única persona que ha venido a verlo.

Quedé en llamarla para comunicarle mi decisión, pero según bajaba las escaleras intuí que no le haría esperar demasiado. De vuelta en el jardín, el marido se despidió con un apretón de manos, sin soltar la manguera con la que se había puesto a regar, y al salir de la finca me volví a encontrar con las niñas, que habían montado con unas pocas tablas un puesto de limonada en la acera.

―¿Quieres un vaso? ―dijo la mayor, que tendría seis años.

Pero antes de darme tiempo a responder, la niña había extendido su brazo hacia mí ofreciéndome la limonada. Miré el contenido del vaso con los últimos restos de sospecha que quedaban en mi interior. Creí distinguir unas partículas desconocidas orbitando en la superficie y por un momento volví a pensar en Charlie Manson. Mientras contemplaba lo que probablemente no eran más que restos de pulpa, se me ocurrió una idea fabulosa: ¿y si toda esa náusea paranoica que sentía desde que había llegado a este país era simplemente producto de la soledad? La posibilidad de que fuera así me pareció tan absurda y poco verosímil que decidí que tenía que ser cierta. En un repentino acceso de valentía, cerré los ojos y me bebí la limonada de un solo trago. Cuando volví a abrirlos, las tres niñas sonreían de oreja a oreja. Había bebido tan deprisa que me había manchado la camiseta de limonada. Me reí con ellas.

―Oye ―le dije a la mujer, que había vuelto al jardín y estaba rastrillando las hojas caídas al suelo―, ¿cuánto dijiste que era el depósito?
―Doscientos cincuenta ―respondió levantando la mirada del césped.
―Resulta que llevo conmigo esa cantidad. No voy a perder más el tiempo, me quedo con el estudio. Te lo pago ahora mismo y eso que nos quitamos de encima.

Cerrada la transacción, la mujer volvió a lo que estaba haciendo, pero cuando me giré para salir a la calle, me encontré de nuevo con la mano de la niña, esta vez con la palma extendida hacia arriba.

―Nos debes un dólar.

Efectivamente, en el puesto había un cartón, al que, por supuesto, no le faltaban las faltas ortográficas que prescribe el tópico, según el cual el vaso de lemonaid no era ni mucho menos gratis, lo que es más: costaba exactamente la cantidad que me exigía la niña. Al fin y al cabo esto era América, ¿no? Me metí la mano en el bolsillo y saqué del interior un gurruño de papel que le entregué de inmediato a mi acreedora. La niña se quedó observándolo, y enseguida levantó la mirada con expresión de perplejidad. Al parecer había confundido la húmeda textura que el señor Lincoln adquiere en el fondo de los bolsillos con mi porro de marihuana, y eso era precisamente lo que había depositado en su mano en lugar de un dólar. Con un rápido movimiento retiré el porro de su mano y lo sustituí de forma casi imperceptible por un billete que saqué del otro bolsillo. Mis reflejos fueron tan veloces que la niña creyó que se trataba de un truco de magia. Sus hermanas se unieron a ella para pedirme que lo repitiera y no dejaron que me fuera hasta haberles prometido que les enseñaría muchos otros trucos cuando me instalara.

Sí, estaba convencido de que aquel lugar era el idóneo para mí y que a aquella buena gente no les importarían mis peculiaridades, especialmente a las niñas, que habían sido las primeras en celebrarlas. La náusea había desaparecido por completo y, durante el instante que dura el flash de una cámara fotográfica, tuve la impresión de haber aprendido algo, no sé muy bien el qué, pues se me olvidó con la misma rapidez con la que, deslumbrado, uno cierra los ojos y, cuando los vuelve a abrir, ya te han hecho la foto. Sea como fuere, algo me decía que el miedo y el asco tardarían mucho en volver. Mirando a uno y a otro lado por encima del hombro, volví a sacar el porro que le había quitado a la niña y decidí que ya no iba a necesitarlo. Mientras iba de camino al hotel, debatiendo si tirarlo en cualquier papelera o regalárselo a alguno de mis nuevos vecinos de la playa de Venice, me dije: ¡qué carajo! El día de la mudanza me lo fumo en mi apartamento al atardecer. Después de tanto esfuerzo, bien que me merezco celebrarlo. Y entonces pensé en que lo mucho que me gustaba dejarme caer en el sofá al llegar del trabajo, encender un porro y entregarme a aquella suave mezcla de embriaguez y sueño mientras mi atención avanzaba torpemente a través de alguna película mala de monstruos, incapaz de entender lo que ocurría en la pantalla, pero sin poder sustraerme a la certeza de que si los zombis asaltaban un centro comercial o Godzilla destruía Tokio, era porque alguien lo había decidido así, alguien que por supuesto no tenía nombre, pero cuya presencia no era difícil intuir detrás de las imágenes, como si a través de ellas estuviera advirtiendo del castigo que en cualquier momento podía acarrear la hibris de nuestra civilización. ¡Ah, la dulce paranoia cannábica con sus instantes de lucidez, tan diferentes a la oscuridad y el miedo de la paranoia cotidiana! ¡Cómo la echaba de menos! Casi un mes llevaba sin poder saborearla, pero ya no tendría que esperar más tiempo. En cuanto me mudase sólo tendría que bajar a la playa y adquirir de forma totalmente legal mi estimulante favorito en cualquier dispensario. Justo entonces el flash de la cámara se volvió a disparar, sólo que esta vez la imagen permaneció en mi mente; las paredes y el techo, que dentro del apartamento no habían hecho más que dar vueltas en una bruma informe, ahora se habían quedado inmóviles dejándome ver, como si me encontrara allí dentro de nuevo, un pequeño detalle del que en aquel momento de confusión no me había percatado, y que ahora regresaba de nuevo a mi memoria.

Justo en el centro del techo del estudio había un detector de incendios.

Y de nuevo empecé a sentir aquel aleteo de mariposas subiendo por mi garganta que preludiaba el regreso de la náusea.






viernes, 23 de octubre de 2009

Capítulo 4. Miedo y asco en Santa Mónica.


El modo de vida americano no es un modo de vida, es un estado mental. No importa si no tienes dos coches, ni tampoco perro o jardinero mexicano para recortar el césped el fin de semana. No importa si no puedes mantener un fondo de estudios en el banco para que tus hijos puedan ir a las mejores universidades privadas. Ni siquiera importa si no te llega para hacerte la manicura en un salón de uñas esculpidas porque, tengas el trabajo que tengas, o incluso aunque seas uno de esos pilotos de línea aérea que llega a fin de mes a golpe de trabajar ocasionalmente en el McDonald’s, lo único que importa, lo que verdaderamente importa, es que no dejes de tener fe ni por un solo momento en que llegará el día en que tú también podrás ser como uno de esos ricos y famosos que salen por la televisión.

En el centro de Santa Mónica está la Promenade, un tramo de la 3rd Street, frecuentado por artistas callejeros que, en comparación con otros, no parecen haber perdido la esperanza en la promesa implícita en el modo de vida americano. Una cierta atmósfera internacional se respira en la Promenade, pero con un fuerte efluvio a kitsch, como si hubiera en algún lugar un filtro que quitase al aire parte de su oxígeno: los bailarines de tango se mueven al son de versiones muzak de Gardel; un oriental con dotes de monje shaolin, las emplea en lanzar tazas de té con el pie para dejarlas caer suavemente sobre la cabeza. La Promenade es al arte callejero lo que Barbra Streisand a la canción melódica.

Pero entre todos los artistas que habían venido a hacer las Américas, destacaba una pareja autóctona de acróbatas, padre e hijo, preparándose para dar comienzo a su número en mitad de la Promenade. El padre, tupé frondoso cuyas canas empezaban ya a jubilar su rostro aniñado, presentó a la verdadera estrella del show: su hijo. Un chiquillo de once años, embutido en mallas, con una cabellera rubia sacada de la tribu de los Brady, y una peculiaridad física que me llamó inmediatamente la atención. Tenía las manos más grandes que jamás hubiera visto en un niño de esa edad, como si le hubieran crecido antes de tiempo. ¿Es posible que a alguien se le puedan dilatar de ese modo las manos a fuerza de entrenarse? El padre y el hijo tenían algo en común. Uno tenía la cara de un niño en un cuerpo de adulto, y el otro unas manos de adulto en un cuerpo de niño.

El hijo tomó la palabra instándonos a que nos acercáramos para verlo mejor formando un corro alrededor de él. Su rostro tenía una expresión melancólica propia de alguien con más experiencia, aunque no carecía del todo de una cierta candidez, como la de un niño a punto de pasar a la adolescencia al que ya no le gusta jugar al baloncesto con su padre, pero que sigue haciéndolo todos los domingos sólo por complacerlo.

En ese momento el padre se situó detrás de su hijo y, tomándolo por las manos, lo levantó hasta colocarlo de pie sobre sus hombros. De nuevo se agarraron mano contra mano y, en cuestión de segundos, el hijo se elevó a pulso hasta hacer el pino sobre las palmas de su padre. A esas acrobacias le siguieron otras. Éstas eran interrumpidas de cuando en cuando por los monólogos del padre, quien después de muchos años de escenario, había adquirido la facilidad de palabra de un maestro de pista de circo. Quería dejar claro que su hijo iba al colegio. Y ahí está, mírenlo. El jueves pasado salió en el canal Nickelodeon y dentro de un mes tenía una actuación en Las Vegas. ¿Qué hay de extraño en que se lo rifaran en la televisión? Un niño tan guapo como él, y además el único de su edad capaz de hacer esas increíbles piruetas. Y todo, todo ello se lo había enseñado su padre. Pero al colegio no faltaba, porque ir al colegio es muy importante para los niños.

―Hay cuatro cosas importantes en la vida―advirtió el padre al público―. Una es ésa, estudiar mucho. La segunda, evitar la bebida. Tres, no fumar. Y cuatro, la más importante de todas: nada de drogas.

Sentí una punzada en la conciencia al descubrir que incumplía tres de las cuatro condiciones esenciales del modo de vida americano (paso buena parte del día leyendo) o quizá sentí ese pinchazo al preguntarme de dónde sacaría tiempo aquel niño tan estudioso para entrenar las cinco o tal vez más horas que necesitaba todos los días después del colegio para seguir haciendo esas piruetas y tener las manos tan grandes. Cuando acabó el espectáculo, volví a casa con la seguridad de haber aprendido algo nuevo: que con esfuerzo todo se puede, hasta salir en el canal Nickelodeon y quién sabe si dentro de unos años, hacerse uno rico, y toda esa gente viniendo de todas partes de América a verte actuando en Las Vegas con tus once años, siempre con tus once años, sin dejar de ser nunca el único niño del mundo capaz de hacer tales hazañas.

Pero por alguna razón, mientras caminaba de vuelta a casa, no podía quitarme de la cabeza aquellas manos que habían crecido antes de tiempo. Me desvié sintiéndome cada vez un poco más deprimido, y cuando quise darme cuenta estaba ya en la playa, aquella donde van a parar todos los locos. Si estar loco consiste en creer que la realidad es una extensión de tus deseos y de tus pensamientos, entonces sí, era cierto que todos los locos iban a parar a Santa Mónica, pero no precisamente a la playa, sino quizá más bien a la Promenade. A falta siquiera de paseo marítimo, seguía caminando hacia el sur por la pista asfaltada que usan los corredores, cuando empezó a soplar el viento y de repente… pero dejaré que lo cuente el señor Pynchon, que en su última novela habla de las ventiscas de Santa Mónica mucho mejor que yo: “Y de repente Doc se encontró en un planeta en el que el viento puede soplar en dos direcciones, arrastrando la bruma del océano y la arena del desierto al mismo tiempo, obligando al conductor incauto a frenar en el momento en que entra en esta atmósfera alienígena, la luz del sol eclipsada, la visibilidad reducida a media manzana y todos los colores, incluyendo los de las señales de tráfico, recolocados en cualquier otro lugar de espectro”.


Ocean Frontwalk, el paseo marítimo de Venice Beach.
Hay que decir que Thomas Pynchon exagera: el viento de Santa Mónica no sopla en dos direcciones, sino en una sola, desde el océano. El problema es que las montañas de Santa Mónica retienen el esmog de la ciudad y cuando sopla el viento desde el mar, lo arrastra junto a la arena, que efectivamente es del desierto porque la playa es artificial. Pues bien, el caso es que cuando la alucinación pynchoniana empezó a remitir, y aquella textura como de gachas basálticas rebajó su densidad atmósférica hasta convertirse en un ligera vichyssoise, de pronto pude ver que me encontraba fuera de Santa Mónica, en un lugar totalmente diferente, como si de repente hubiera dejado Kansas y la pista de asfalto se hubiese convertido en lo más parecido al camino de baldosas amarillas que hay en Los Ángeles: el paseo marítimo de Venice Beach.

En el aparcamiento que prologa la entrada a Venice había varias caravanas pintadas aleatoriamente con los colores del arcoíris hippie, como en una mezcla apocalíptica de Los Pájaros con el estilo Merry Prankster. Alineados a lo largo del paseo, tenderetes en los que se vendían todo tipo de artículos: pulseras y collares de cuero, insectos del tamaño de una mano encerrados en vitrinas, carteles de madera pintada con anuncios de surf, el porvenir en la mano por obra y gracia de un hermano gemelo de Mr. Natural, o el pasado en las cartas del Tarot leídas por un hombre con aspecto de ser empleado de banca... Seguí caminando hacia el sur por el paseo marítimo, recorriendo con los ojos los locales de la acera izquierda, negocios todos ellos con perspectivas comerciales más sólidas. Dispensarios de marihuana medicinal, anunciados por hombres reclamo prometiendo que por menos de cien dólares el doctor Kush le extiende a usted, querido amigo que sufre de migrañas o de dolores de espalda, una licencia oficial de paciente de cannabis válida durante un año, con receta para comprar inmediatamente su medicina. Ah, veo por su cara que usted tiene ciática, amigo, ¡no sufra más por ello y entre en la consulta del Dr. Kush! O al lado de la consulta, el Freak Show de Venice, pasen y vean la tortuga de dos cabezas, Myrtle and Squirtle, the two-headed turtle, o al increíble hombre con la cara llena de piercings, fenómenos de la naturaleza como no han visto otros, excepto por los culturistas en tanga que se patean el paseo marítimo arriba y abajo vendiendo enormes botes de vitaminas, o el Jimmy Hendrix redivivo patinando con ruedines de bicicleta acoplados a sus zapatillas mientras toca la guitarra eléctrica a cambio de un dólar por una foto, o el nonagenario con gorra del U.S.S. Honolulú que discute agriamente con un veterano del Vietnam sin brazo, o los profesionales del spare change pidiendo una moneda de cuarto si es que eres capaz de darme con ella en la cabeza, ofrecerse a recibir una patada en el culo por un dólar, artistas del mensaje escrito asegurando en sus cartones que “padres devorados por palomas, dinero para escopeta de balines”, o aquel que en su cartón deja subrayado y en negrita que, por querer, “no quiero NADA”.
Venice Beach es el callejón donde van a parar los restos del modo de vida americano y acaban todos aquellos que han dejado de esperar nada de él. Es el paraíso de los tarados, que al contrario que los locos no viven en un estado mental que confunden con la realidad; los tarados son aquellos a los que la realidad ha transformado irremediablemente, y han encontrado en Venice Beach el único refugio donde, pese a lo que diga su cartel, nadie va a pegarles una patada en el culo, si acaso sacarles una foto por el precio que marca el cartel. Su dignidad reside quizá en que quien se explota en Venice se explota a sí mismo, no a los demás, y si lo hace no lo hace por la alucinación social que supone la vana promesa de dinero o fama, sino por un canuto de marihuana. Y aún así, el modo de vida americano les mira frente a frente desde los lujosos áticos del paseo marítimo y detrás de ellos, desde las alfombras de césped de los chalés de los canales. Y me pregunto cuántos de ellos, cuántos de nosotros no nos pasaríamos a ese otro lado del paseo marítimo si nos lo pusieran en la palma de la mano.

Cuando desaparecieron los últimos restos de bruma y de arena, me pregunté si la realidad de Venice Beach sería tan romántica como la había percibido por un momento, si tal vez yo también había caído en la trampa y lo que había visto no era más que una extensión de mis deseos. Lo único cierto era que allí, al menos, se podía respirar aire fresco.

sábado, 10 de octubre de 2009

Capítulo 3. La loca de las bolsas.

Lugar número 1 donde ud. puede encontrarse un loco: el OP Café, en Ocean Park Drive.

Me fijé por primera vez en ella hace dos días. Estaba cenando en un restaurante barato con olor a lejía, falso aspecto de diner e hidratos de carbono puro en lugar de comida, cuando escuché que justo enfrente de mí una voz de mujer pedía que le rellenaran la taza de café.

―Y si es posible que no me echéis veneno dentro, mejor ―añadió.

La petición de aquella mujer no me extrañó demasiado, después de todo llevaba varios días en Los Ángeles y me estaba empezando a acostumbrar al elevado pico demográfico que esta ciudad tiene en cuestión de locos y tarados. Sobre la distinción entre ambos conceptos, esencial para la supervivencia del visitante, abundaremos en un próximo capítulo dedicado a Venice Beach, Capital Oceánica de los Tarados. De momento, nos contentaremos con tratar la primera categoría, ya que, por lo que respecta a esta mujer, era evidente que estaba loca. La cosa hubiera quedado en una pequeña anécdota destinada probablemente al olvido si no fuera porque a la mañana siguiente, poco después de sentarme en mi mesa habitual del OP Café, la cafetería de Santa Mónica donde desayuno todos los días, quién viene a ocupar la mesa de al lado si no la mujer del diner. Lucía el mismo sombrero de tela modelo jubilado con caña de ir a pescar los domingos, pantalones de chándal y camiseta de Winnie The Pooh de la noche anterior. Y al igual también que la noche anterior, vi que se ponía a rebuscar en el interior de dos enormes bolsas del Walmart que tenía repletas de revistas, carpetas y periódicos. Al cabo de un rato extrajo de ellas un cuaderno de notas, y después de examinar rigurosamente los rostros de los parroquianos, se puso a tomar notas en el cuaderno.

Me temí que la coincidencia provocase un intento de conversación por su parte, así que evité su mirada aplicándome en dar cuenta de mi Two Two Two, un desayuno calvinista ideado por los padres pioneros de este gran país para empezar el duro día de trabajo como Dios manda, y que reúne en un perverso menage á trois dos tortitas, dos lonchas de beicon y dos huevos. Durante los escasos minutos que estuve mirándola por el rabillo del ojo, la mujer se las arregló para, entre nota y nota, alabar los botines de una niña que se sentaba a su lado, echar la bronca a la camarera mexicana por haber atendido saltándose el turno a un caballero que había llegado después que ella (no sin aclarar que no estaba enfadada, sino que, simplemente, le había parecido extraño), y preguntar al gerente si tenían ya azúcar moreno o si iba a tener que ir otra vez a su casa a buscarlo. Desde luego, la loca de las bolsas parecía ocupada ajustando sus cuentas con la humanidad, lo cual me hizo pensar que, efectivamente, no se acordaba de mí ya que no me había incluido en el lote. Estaba de suerte. Y justo mientras estaba pensando esto, sentí como su mirada justiciera se detenía sobre mí.

―¿Es esto tuyo? ―me preguntó señalando una jarrita de jarabe de arce.

Al parecer, la pregunta se debía a lo siguiente. En su mesa había dos jarritas de jarabe de arce, en lugar de una sola, como en el resto de mesas. Sin embargo, a este problema había que añadir una complicación adicional. En mi mesa no había ninguna jarrita de jarabe de arce, de lo cual se deducía inevitablemente que yo debía haber puesto mi jarrita en su mesa, invadiendo un terreno que no me pertenecía.

También era posible que me estuviera volviendo un poco paranoico y la loca de las bolsas tan solo quisiera ser amable conmigo ofreciéndome el jarabe de arce que me faltaba.

―No, no ―negué sin pensarlo dos veces―. Esa jarrita no puede ser mía.

La loca de las bolsas frunció el ceño y entrecerró los ojos como se hace en las novelas cuando uno acaba de obtener la confirmación de algo que lleva largo tiempo sospechando. Al cabo de un rato, dijo:

―Tú estabas anoche en el diner, ¿verdad?

Me encogí de hombros y asentí inocentemente. Ella pareció darse por satisfecha y empezó a sorber su café (exactamente lo mismo que había estado consumiendo en el diner la noche anterior) mientras reanudaba sus labores literarias en el cuaderno de notas.

Acabado el desayuno, pagada la cuenta y añadida la propina, cosa que no consigo hacer todavía sin dejar de pensar en Steve Buscemi, salí de la cafetería rumbo al supermercado. Una vez allí, compré un juego de perchas para colgar la ropa recién lavada, solución ideal para evitar las arrugas a falta de plancha y de tendedero. De vuelta al hotel donde vivo como cliente interino, mochila al hombro y con las perchas bien agarradas debajo del brazo, ¿con quién me encuentro? Con la loca de las bolsas que baja la calle, que se cruza conmigo y que una vez más me dedica su ceño fruncido y sus ojos entrecerrados.

―No me estarás siguiendo, ¿verdad? ―me preguntó lanzando miradas ocasionales a las perchas.

Lo único que pude hacer fue encogerme otra vez de hombros y seguir mi camino.


Lugar número 2 donde ud. puede encontrarse un loco: el Big Blue Bus.
―El caso es que, pensándolo luego, me di cuenta de que tenía tantos motivos para pensar que aquella señora estaba loca como ella los tenía para pensar que el loco era yo ―le contaba al día siguiente a Jose María, un lingüista español que, como yo, se encontraba en Los Ángeles trabajando en la UCLA, y al que había conocido hacía apenas un par de días―. Es increíble la cantidad de chiflados que se puede encontrar uno en los autobuses de esta ciudad. Por cada autobús hay una media de tres. A veces tengo miedo de subirme y que la conductora me diga que no puedo pasar, que ya están los tres dentro.

―Ahora que lo mencionas, justo el otro día me encontré con uno en el Big Blue Bus ―dijo José María―. Me contó que iba a la playa de Santa Mónica para coger doce piedras. Una por cada una de las doce tribus de Israel. Mientras iba diciéndome todo esto noté que, de cuando en cuando, usaba alguna palabra en español, pero fingí que no le entendía y le seguí tirando de la lengua en inglés. “Son para ponerlas en la puerta de mi casa, las doce piedras. Para protegerme. Esta ciudad está llena de gente rara. También tú deberías poner doce piedras en la puerta de tu casa para protegerte. Una por la tribu de Judá, otra por la de Simeón, otra por la de Benjamín, otra por la de Dan, otra por la de Efraín, otra por la de Manasés, otra por la de Isacar, otra por la de Zabulón, otra por…

José María le interrumpió y, para cambiar de tema, le preguntó de dónde era. El hombre le dijo que venía de Buenos Aires.

―Argentino ―subrayé lo que era obvio.

―Sí ―dijo José María―. Yo le dije que era español. Y entonces, en lugar de seguir enumerando las tribus de Israel, se puso a cantar coplas, lo cual fue una mejora considerable.

La moraleja de esta historia es que aquí, en Los Ángeles, todo el mundo tiene un loco y que hay que protegerse, o que el loco de cada uno es una especie de doble, o que no es fácil saber si eres tú el loco o lo es el otro…


Lugar donde se dan cita todos los locos de Los Ángeles: la playa de Santa Mónica.
En realidad no tengo muy claro cuál es la moraleja de esta historia, pero desde entonces llevo siempre en el bolsillo doce piedras (una por cada tribu de Israel) que, por supuesto, he recogido de la playa de Santa Mónica, punto en el cual, curiosamente, acaban las catorce líneas de autobuses Big Blue que llevan de un lado a otro a todos los locos de la ciudad. Alguna que otra vez me he vuelto a cruzar por la calle con la loca de las bolsas y entonces, meto la mano en el bolsillo y hago sonar las piedras. Ella se me queda mirando con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. Luego, pasa de largo sin decir nada.

Me pregunto si en su cuaderno habrá escrito algo sobre mí.

martes, 6 de octubre de 2009

Capítulo 2. Hollywood Boulevard, o varias señales del fin del mundo.

Superados los problemas de falta de sueño y, por qué no decirlo, de odio hacia ese espécimen de turista altanero que no sabe hablar más a que a gritos (me refiero, por supuesto, al turista español) sólo me quedaba salir a la calle para lanzarme a explorar la ciudad. Todas las precauciones son pocas, claro está, y me habían contado demasiadas cosas sobre Los Ángeles como para no tener miedo en el cuerpo. Que si es una de las ciudades con mayor índice de criminalidad de los Estados Unidos, que si no tienes coche no puedes ir a ninguna parte, que si la policía te ve andando por un barrio residencial te detienen por negro. Exageraciones, créanme. En realidad, Los Ángeles tiene una buena red de autobuses y el hecho de que el callejero es prácticamente cuadriculado juega a favor del transporte público: es posible ir a cualquier punto situado en los barrios céntricos con tan solo un transbordo como mucho. Esto es cierto sobre todo si el punto de partida es Santa Mónica, ciudad que al ser administrativamente independiente de Los Ángeles tiene una red de autobuses propia, la Big Blue Line, que funciona con una eficiencia pasmosa. El único problema que en principio se me planteaba era que, como recordarán, precisamente en un autobús de la Big Blue transcurría la película Speed.

Metes unos sándwiches en la mochila y sales de casa contento porque por fin vas a conocer Sunset Boulevard, Venice Beach y el muelle de Santa Mónica, esperas unos escasos cinco minutos en la parada del autobús, subes, vas a sacar los setentaicinco centavos que cuesta el trayecto con una sonrisa de orgullo por lo barato que te va a salir el moverte de un lugar a otro y, cuando todo parece perfecto y vas a pagar: Sandra Bullock. Miedo y asco. Casi preferiría hacer el trayecto con diez terroristas armados con bombas antes que sufrir a la Bullock como conductora de autobús o, para el caso, en cualquier otra circunstancia. Pero por suerte, no hay peligro. Al parecer se trataba de otro de los mitos de la ciudad. Las conductoras de la Big Blue, y son en su mayoría mujeres, por suerte no se parecen en nada a la actriz que las interpretaba en la película.

Lo mismo se puede decir del resto: aquí nada es como en las películas. En realidad, la gente, las calles, los paisajes, todo, es similar a la arquitectura típica estadounidense de edificios bajos. De lejos uno ve sus ampulosas fachadas que se elevan hasta la altura de un segundo piso, rematadas por un tejado de vistosas formas. Con un gran rótulo se anuncia en el tejado el nombre del local con la promesa de un reparador masaje por cuarentaicinco dólares, o la perfección en forma de uñas esculpidas, o las mejores hamburguesas del sur de California, pero cuando uno se acerca a estos rótulos, comprueba que detrás de ellos no hay nada, que el tejado no es tal, sino una estructura falsa montada sobre la fachada, tapando así el vacío que deja un inexistente segundo piso y disimulando la rectangular forma del edificio, que no es más que un bloque plano de hormigón armado.



Así es también Hollywood Boulevard: una fachada sobre un vacío. Lo primero que llama la atención del Paseo de las Estrellas es su estrechez y la cantidad de nombres de actores, directores y cantantes hoy ya olvidados, cuyas estrellas se mezclan entre las de Garbo, Marilyn o Marlene, como si estuvieran pidiendo a gritos que el viandante les haga extensible su recuerdo. Pero no hay que ser injusto con el bulevar. Algún rastro queda de aquellos tiempos en que la extravagancia de sus locos propietarios se traducía en belleza (aunque fuera una belleza kitsch un tanto megalómana). Allí está el teatro Graumann para atestiguarlo, o sobre todo, las recargada verticalidad del cine El Capitán. Hoy, en cambio, la locura de los actuales habitantes de Hollywood es cualquier cosa menos bella. A menos de doscientos metros a un lado y a otro de ambos cines se levanta la sede mundial de la Cienciología y el museo L. Ron Hubbard, el escritor de novelas pulp que fundó dicho club social.


Qué apropiado. ¿En dónde si no en Los Ángeles o en la fantasía de un escritor pulp demente podrían anunciar un predicador callejero la llegada de Nuestro Salvador mientras Freddie Krueger estrecha la mano al viandante?


sábado, 3 de octubre de 2009

Capítulo 1. La llegada.

El muelle de Santa Mónica.
Mi último recuerdo antes de aterrizar en el aeropuerto de Los Ángeles empieza por restregarme las legañas de los ojos, mirar por la ventanilla y preguntarme en qué momento las llanuras grises del Canadá, encharcadas aquí y allá por enormes lagos, se han convertido en la piel envejecida de un elefante. Las colinas sinuosas, cortadas a cuchillo, se pliegan unas contra otras a lo largo de los desiertos de Utah, o por lo menos ahí es donde dice el mapa de vuelo que estamos, cerca de Salt Lake City. El desierto sigue y sigue, con escasos signos de civilización; si acaso un pueblo de cuando en cuando que se extiende hacia los cuatro puntos cardinales en líneas de longitud asimétrica, pero perfectamente perpendiculares, formando bloques cuadrados que deben de ser casas, comercios e iglesias mormonas. Poco a poco el marrón blanquecino de Utah se colorea de rojo y empieza a llamarse Nevada, con llanuras marcianas que se extienden durante cientos de kilómetros, planas como el mar, y en ellas como en el mar, nada, la gran nada. Y luego, Los Ángeles. Cientos de kilómetros también, o eso me parecieron, de casas y casas y casas, y campos de béisbol (a veces, hasta cinco o seis juntos) y “lotes” de aparcamiento, y casas, y campos de golf y urbanizaciones extendiéndose como un cáncer de hormigón y estuco, de tal modo que no me extrañaría nada que fuera posible saltar de una finca a otra hasta llegar a la costa sin pisar ni un solo momento césped sin cultivar.

―¿Tiene intención de visitar México? ―me pregunta el agente de aduanas después de aterrizar.
―No.
―Ah ―dice mirándome sin decidir si creerme o no. (Debo decir, llegados a este punto, que el agente es negro, dato que puede parecer gratuito, pero que dentro de un rato les podrá resultar, queridos lectores, cuanto menos paradójico.)
―Es que su nombre es muy común por aquí ―me explica el agente.
―¿Se refiere a mi apellido o a mi nombre de pila? ―pregunto, pensando que con la palabra “name” puede estar refiriéndose a ambas cosas.
―A su apellido ―momento en el que queda claro a que ha tomado mi poco mexicano primer apellido por el “middle name” y mi segundo apellido, un poco más mexicano, sí, es verdad, por mi “family name”.
―No, pero en realidad vengo de Europa ―le aclaro―. De España. No de México.
El agente de aduanas me mira con un brillo de ojos revelador.
―Ah, son cosas distintas… ¿verdad?

No sé si estaba quedando conmigo o qué, pero digo yo que, como afroamericano o persona negra (que aquí son éstos los términos correctos), hubiera tenido todo el derecho del mundo a enfadarse si yo hubiera confundido, en serio o de coña, Bamako con Inglewood, o a Samuel L. Jackson con Lawrence Fishburne, o yo que sé, si le hubiera preguntado dónde puedo comer pollo frito en Santa Mónica.



Mi despacho (arriba, a la izquierda) frente al negocio de reparación
de Cadillacs de Big Black Eddie (abajo, a la izquierda; echando una siesta)

Sin embargo, el tipo era majo; en realidad, aquí en Los Ángeles todo el mundo es majo, pero yo me estoy volviendo racista. No puedo soportar a los españoles. Al llegar tuve que cambiar de alojamiento, pues gracias a un providencial vistazo en Internet a las opiniones que habían dejado los anteriores inquilinos del edificio donde había reservado mi apartamento, me enteré de que tenía una plaga de pulgas y ratones; así que hice una reserva rápida en un hotel de Santa Mónica, donde me encuentro provisionalmente, aunque ya empiezo a cogerle cariño al ventilador de techo y a las persianas venecianas, como no podía ser menos en la ciudad de Philip Marlowe. El caso es que en el hotel, que más bien es un albergue para estudiantes, se aloja un grupo de ídem españoles que consideraron la noche de mi llegada como la más oportuna para celebrar una fiesta. El jet-lag me hizo caer redondo, a pesar del lacerante acento sevillano del griterío de los de al lado; y sin embargo, mi subconsciente no descansaba tranquilo porque en sueños me veía yo con una pistola en la mano, encañonando a esos malditos españoles mientras les decía:


―Habéis traspasado mi propiedad, peregrinos. Y sabéis perfectamente lo que eso significa. Voy a llenaros el cuerpo de plomo. A Dios gracias que vivimos en un país libre.


A la mañana siguiente, pensando en tan inquietante y revelador sueño, me dirigí al Wal-Mart más cercano. Aquel sueño era una señal del cielo que me había dado la solución a mis problemas.

Desde entonces he dormido como un querubín. Benditos tapones para los oídos.