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lunes, 11 de agosto de 2014

Capítulo 13. La montaña de la salvación


Leonard Knight y su Montaña de la Salvación


La culpa es de la diabetes. Antes de contraerla, no solía ser una persona olvidadiza. Había una alarma, en algún lugar por ahí arriba, que saltaba de inmediato cuando estaba a punto de cerrar la puerta de casa sin tener las llaves en el bolsillo. Algo que me avisaba cuando el bonobús o el pasaporte no estaban en su sitio. Siempre he cargado con la preocupación que exige este constante estado de alarma, la tensión repetida de una misma pregunta: "¿te has olvidado de algo?"; como si, por algún motivo, todas esas llaves, documentos de identidad, tarjetas de transporte, objetos que tan solo sirven para franquearnos el acceso a ciertos lugares, tuvieran mucha más importancia que una camiseta, una maquinilla de afeitar, o cualquier otra cosa que tenga utilidad por sí misma. Tenemos un miedo atroz a perder temporalmente la libertad de coger un autobús o regresar a la comodidad del hogar cuando queramos: ¿qué tendrá de especial esta libertad que, para asegurárnosla, no nos importa someternos a la presión de un estado de alerta continuo? ¿No sería mejor renunciar a ella, o al menos, arriesgarnos a perderla de vez en cuando, para que nuestro cerebro no tenga que seguir desempeñando las funciones de un botones de hotel?

La culpa es de la diabetes porque, desde que la sufro, he perdido el abono transportes cinco veces y he tenido que llamar dos al cerrajero. Mientras escribo esto me acabo de dar cuenta de que he perdido mi tarjeta de empleado de la universidad y, hasta que no obtenga una nueva, no podré entrar en la oficina si no hay alguien allí para abrirme. La culpa es de la diabetes, por varias razones. Saber que has de convivir con algo para el resto de tu vida puede ser muy duro o, por el contrario, muy tranquilizador; especialmente en el caso de la diabetes, pues a medida que empiezas a entender la naturaleza de la enfermedad, te das cuenta de que podría haber ser mucho peor, pues, en la rifa de enfermedades, te ha tocado solo la pedrea. Además, te vuelves más consciente de que el hecho de que estés vivo se debe únicamente a una afortunada sincronía temporal: haber nacido en el momento en que lo has hecho, porque hace menos de cien años, antes de que los señores Banting y Best descubrieran la síntesis de la insulina, si contraías diabetes, simplemente te morías.

Banting y Best, los señores más santos del mundo, después del Dr. Albert Hofmann.

Esa sensación de estar pisando una linea difusa y de que, si las circunstancias hubieran sido ligeramente otras, podrías encontrarte en el lado malo de esa linea, esa sensación, digo, está además presente todos los días en la vida de un diabético cuando hay un exceso de insulina y el azúcar baja demasiado. El primer síntoma de una hipoglucemia es un calor repentino, acompañado frecuentemente de sudores. Otras veces, uno ve auras: postimágenes retinianas como las que vemos al cerrar los ojos después de haber mirado fijamente el sol. Si el azúcar sigue bajando, los síntomas pueden volverse aún más espectaculares. La visión tiembla, como si hubiera habido un fallo en el sistema operativo, y los píxeles de las cosas empiezan, primero, a descomponerse y, finalmente, a desprenderse de aquello que les sujetaba. Se puede llegar a perder por completo la capacidad de lectura, aun sin dejar de ser capaz de reconocer las letras una a una; como también es posible perder la capacidad de proceso de cualquier imagen. Primero pierdes el sentido de la orientación, luego dejas de reconocer las fachadas de los edificios, los actores y las modelos que te saludan desde los anuncios, o incluso los rostros de personas conocidas. La falta de azúcar te hace habitar un mundo alienígena.

Pero si pasas por todo eso, si consigues pasar por todo eso, en realidad, te queda el consuelo de saber que estás bien: que aunque seas incapaz de saber qué película echan en el cine de al lado, a pesar de tener delante de tus narices un poster enorme de Angelina Jolie; y aunque seas incapaz de proseguir con una conversación de forma coherente porque tienes el campo visual cubierto por un caleidoscopio de luces, te queda el consuelo de saber que todo eso está ocurriendo porque todavía no te has desmayado. Y si no te has desmayado todo va bien. Solo hay que esperar a que el azúcar haga su efecto. El verdadero problema se presenta cuando no ves ni sientes nada, porque si has perdido la consciencia, amigo, más vale que haya alguien cerca que sepa qué es lo que te ha pasado. Porque nada te asegura que puedas volver a recuperarla si te desmayas en el lugar y en el momento equivocado.

Es algo así. Bueno... más o menos.

 En realidad, el asunto no es tan terrible como parece así descrito. Incluso insconsciente, el cuerpo humano genera y acumula azúcar por sí mismo, por lo que aun en el supuesto de que nadie sepa que necesitas una inyección de glucosa para reanimarte, pasadas las horas y suponiendo que tus niveles de azúcar no sigan disminuyendo por algún otro factor, acabarías por despertarte, aunque eso sí, con un fuerte dolor de cabeza. Sea cual sea el peligro real que uno corre al sufrir una hipoglucemia, la sensación de estar caminando por una cuerda floja es persistente; sobre todo cuando la frecuencia de éstas es de una o dos diarias, cosa que puede ocurrir en ciertas épocas. Aprendes a manejarlas, a reconocer los síntomas que te las anuncian, a no preocuparte demasiado por las incomodidades que producen, e incluso, a disfrutar de su lado bueno: esa intensa sensación de felicidad y relajación que produce el aflojamiento hipoglucémico. Pero por mucho que te hayas acostumbrado a ellas y por mucho que creas saber cómo manejarlas, siempre, siempre tendrás en la cabeza una certeza de la que es mejor no olvidarse: sin azúcar el cerebro humano no puede sobrevivir durante mucho tiempo, y vas a estar perdiendo ese azúcar que necesitas una y otra vez, día tras día, así que más te vale estar preparado. 

¿Llaves? ¿Bonobús? ¿Pasaporte? No, gracias. Hace tiempo que dejaron de preocuparme. Supongo que ahora tengo todos mis sensores de vigilancia, detectores de movimiento, cámaras y termostatos, apuntando hacia otro lado; no solo hacia el azúcar, también hacia el estuche donde llevo la insulina, con el que he de cargar siempre. Si pierdo el pasaporte, lo único que tengo que hacer es llamar al consulado. Lo peor que podría pasar es que tuviese que sacar un nuevo billete de avión para cuando tengan listos mis nuevos papeles. Total, ochocientos euros menos por cuatro o cinco días más de vacaciones. Pero si pierdo mi estuche de insulina o éste sufre algún tipo de accidente, las consecuencias no solo serían catastróficas sino difícilmente calculables. En el extranjero, no podría obtener insulina ni siquiera enseñando mi informe médico. La insulina es una droga extremadamente peligrosa que, con frecuencia, ha sido utilizada como una vía para escapar fácilmente de la vida. El único modo de conseguir que me la suministraran, sería dejando que mi azúcar en sangre alcanzase niveles estratosféricos, cosa que sin duda ocurriría al cabo de dos o tres días. En ese caso, me ingresarían en un hospital que, por supuesto, tendría que pagar de mi bolsillo. Y los gastos de una UCI son altos. Lo único que podría hacer es volverme de inmediato para España donde aún existe una Seguridad Social, aunque no sabemos si por mucho tiempo, que todavía asume el imposible coste de mi enfermedad.

Así que, teniendo todo esto en consideración, no es extraño que para apaciguar mi conciencia, baste con palpar mi bolsa de mano al salir de casa para ver si el estuche de insulina sigue dentro. No digo que sea más feliz así, después de haber cambiado una miríada de pequeñas preocupaciones por una sola que asume una prioridad absoluta. Solo digo que ahora hay cosas que, simplemente, han dejado de tener importancia.



Y, sin embargo, allí estábamos Esther y yo, implorándole a Joana que nos cogiera el teléfono para decirle lo de los pasaportes.

—Por favor, por favor, por favor...

Además, para qué preocuparse si la mayoría de las veces las cosas salen bien. Como ahora. Tanto llamar a Joana cuando la razón por la que no cogía el teléfono era porque se lo había dejado en el coche mientras caminaba hacia el apartamento de Esther para deslizar nuestros pasaportes por debajo de la puerta. Nada más salir de San Diego, se había acordado de que nos los habíamos dejado en su coche y le llevaba menos tiempo detenerse en la universidad que regresar a la playa.

Pero eso solo lo supimos al volver a casa. Aunque eso no importa. Lo que importa es que, ahora que tú ya lo sabes, podemos hacer una elipsis y saltar directamente al interior de nuestro coche de alquiler, sin el cual no hubiéramos tenido la menor oportunidad de visitar al desierto. Y visitar el desierto se había convertido, inesperadamente, en el más esencial de nuestros planes.

Los cuatro gramos de setas secas que había traído desde Madrid fueron recibidos con entusiasmo por parte de Esther. Ella no había probado nunca lo que en palabras de Terence McKenna es conocido como el manjar de los dioses, la psilocibina. Y lo estaba deseando; pero es que, además, conocía el sitio idóneo para tomarla. Joana le había hablado de Salvation Mountain, un lugar de peregrinaje hippie que se encuentra al Este, entre San Diego y Yuma; muy cerca del Salton Sea: un lago desecado compuesto únicamente por dunas de sal que también recibe el nombre de "Parque Nacional Sonny Bono". 

De mayores, todos los hippies se parecen a San Timothy Leary

La "montaña de la salvación" fue construida por un tal Leonard Knight. A mediados de los ochenta, Knight, era un mecánico que trabajaba en Arizona con un único deseo en su corazón: demostrarle a la humanidad su amor por Cristo. Unos años antes había tenido una revelación y, desde entonces, contarle al mundo lo que ésta le había hecho comprender se había convertido en la principal misión en su vida. Por mucho que he indagado sobre él, no he descubierto todavía en qué consistió dicha revelación, o de qué terrible problema le salvó: Knight no parecía ser alcóholico ni tener graves problemas de salud o familiares. Pero el caso es que se le presentó el mismísimo Cristo y le dijo: "cuéntale esto al mundo".

¿El qué? No está muy claro porque Knight pensó que la mejor manera de transmitir aquel mensaje a la humanidad era hacerlo desde un globo. Así que, dicho y hecho, se puso a construir un aerostato con retales; las palabras "Cristo os ama" pintadas sobre la tela. Pero cuando Knight trató de hincharlo, se dio cuenta de que había un problema. El globo era demasiado grande. Cada vez que bombeaba gas en su interior, la tela se rompía por alguna parte y, por mucho que intentase repararla, siempre se descosía por un lugar distinto. El desierto entre San Diego y Arizona era el lugar ideal para hacer volar el globo: cientos de millas de planicie con un cielo tan vasto que su mensaje destacaría en medio del azul del firmamento desde Yuma a Mexicali. Pero mucho que sus vecinos, tres  o cuatro granjeros de la pequeña localidad de Niland, trataron de ayudarle a hinchar el globo, el plan de Leonard Knight resultó ser un fracaso total.

La primera montaña

Sin embargo, no cejó en su empeño. Ni corto ni perezoso decidió quedarse a vivir allí, en medio del desierto; aunque su globo ya no fuera más que un puñado de telas podridas. Y entonces se le ocurrió construir la montaña. Siseñor: construir una montaña entera en medio de una planicie para que pudiera servir como punto de referencia desde millas y millas de distancia. La tarea iba a ser tan difícil como la del globo. Primero intentó hacerla con cemento, usando chatarra para dar forma a la roca y vertiendo luego el cemento por encima. Para que éste se secara, tenía que mezclarlo con arena, pero con el paso de los años, la estructura acabó por desmoronarse debido a su excesiva porosidad. Entonces, Knight decidió construir su montaña por segunda vez. Solo que en esta ocasión emplearía balas de paja, las cuales amontonaba hasta alcanzar la forma deseada, para recubrirlas luego con adobe, que luego podía moldear a su gusto y pintarlo de vivos colores.

Después de tantos años de duro trabajo, bueno, su mensaje tampoco se diferenciaba mucho del de cualquier miembro de la Asociación del Rifle Americano. "Arrepiéntete". "Soy un pecador, Cristo; entra en mi corazón". "Jesús es el camino". Y proclamas similares.

—¿Todo esto solo para colocar en medio del desierto un pasaje de los Actos de los Apóstoles? —le dije a Esther mientras señalaba el centro de la montaña.

Esther se encogió de hombros y, acto seguido, se tragó las setas que le tocaban.

Ya lo dijeron Martha and the Vandellas: Nowhere to Run

 Acabábamos de salir del coche. Miré a mi alrededor y lo cierto es que aquel lugar distaba mucho de ser el lugar idóneo para disfrutar de un viaje psicodélico. Cuando Esther me habló del desierto, la imagen que me había venido a la cabeza era la de los Monegros o la de las arideces almerienses de Sergio Leone, donde siempre hay palmeras o algún olivo bajo el que guarecerse, por lo que su idea de tomarnos allí las setas me había parecido estupenda. Pero aquello... Bueno, aquello era el desierto: el desierto de verdad. El PUTO desierto. Las únicas construcciones eran tres depósitos de agua que, con el sol de mediodía en la vertical, no arrojaban sombra alguna. No había ni un solo árbol allí donde alcanzaba la vista y la montaña, ¡demonios!, la montaña era una montaña: podías subir a ella, rodearla, bajar de culo por la pendiente, lo que quieras menos cobijarte debajo de ella. Sin sombra no teníamos modo de protegernos de una insolación y el coche estaba demasiado caliente como para buscar resguardo en él. El problema es que los efectos de la psilocibina que contienen las setas dura aproximadamente cuatro o cinco horas, y aunque en principio, la experiencia de tomarlas en el desierto es altamente recomendada por autoridades como Carlos Castaneda o Homer Simpson, estaba claro que nos iba a ser imposible resistir tanto tiempo bajo el sol, y que ni siquiera íbamos a poder hacer caso a los Dioses Coyotes cuando nos dijeran:

—Marchaos de aquí, insensatos. ¡Marchaos de aquí!

Porque evidentemente no estaríamos en condiciones de coger el coche. Yo no sé conducir y Esther ya se había tomado las setas, así que si sufríamos algún percance o alguno de nosotros se empezaba a marear por culpa del calor, no nos quedaría más remedio que confiar en la pericia al volante de Esther. Y Esther es una magnífica conductora, pero bajo los efectos de la psilocibina, no solo vería todo tipo de criaturas arrastrándose por la autopista, sino que, de hecho, estaría conduciendo por una autopista totalmente diferente a la que señalaba el mapa: una autopista que solo existe en una realidad paralela.

Para colmo, minutos antes de llegar a la montaña habíamos pasado por delante de un parque de autocaravanas que nos había ofrecido un espectáculo francamente inquietante. En varias de las caravanas, que evidentemente servían de vivienda permanente a sus inquilinos, ondeaban banderas con la cruz estrellada de la Confederación y una esvástica bien hermosa en el centro. Bien por Dixie. Y por si quedaba alguna duda acerca de las simpatías políticas de sus dueños de las caravanas, estos paseaban sus musculosos cuerpos montados en Harleys con muchas más de aquellas cruces gamadas tatuadas en hombros y pechos. Estábamos en pleno territorio de los Nazis del Desierto y, sí, habíamos decidido que ése era el lugar ideal para aumentar la cantidad de neurotransmisores de nuestros cerebros metiéndonos un pellizquín de psilocibina.

Así que yo también me encogí de hombros y, acto seguido, me tomé las setas que me tocaban.















martes, 10 de junio de 2014

Capítulo 8. ¡Contrabando!



Nada.

No ocurrió nada.

Eso es lo que ocurrió. Tres meses viviendo en Los Ángeles, esperando a que floreciera algún tipo de argumento en mi historia es lo menos que se puede esperar de la meca del cine; pero lo cierto es que, después de haberme procurado un hogar en la casa de la limonada y una cantidad suficiente de marihuana como para apaciguar mi persistente estado de paranoia, dediqué el tiempo restante a hacer lo que se supone que había ido a hacer allí. Acabar mi tesis doctoral.

Tal vez se me pasó hablar de ello. Soy muy olvidadizo. Pero lo cierto es que si me encontré varado durante tres meses en Los Ángeles, fue porque había ido a visitar a una celebridad. Ninguna de las que salen en la televisión o en la gran pantalla, claro está; sino una de esas oscuras celebridades del mundillo académico cuyos libros solo han leído tres o cuatro estudiosos en todo el planeta. Mi celebridad, David Kunzle, era un agradable anciano a punto de jubilarse que, de joven, había sido becario de uno de los más importantes historiadores de arte del siglo XX, Ernest Gombrich. Mientras trabajaba con sus asistentes, a Gombrich le gustaba practicar con ellos un juego cruel. Cuando se trataba algún tema que era de su agrado, Gombrich se quedaba de repente callado, sujetándose la barbilla con un gesto digital muy meditado, y al cabo de un rato, expresaba en voz alta un deseo retórico: "Sería maravilloso si alguien se atreviera a escribir sobre esto, ¿verdad?". (La escena, en mi mente, se parece bastante a aquel número de Gila en el que interpreta a un detective que, para detener a un sospechoso, se pone a pasear cerca de él mientras musita: "Alguien ha matado a alguien... y no quiero señalar"). David debió de ser el más incauto de sus ayudantes, pues cuando Gombrich musitó sin señalarle que "sería maravilloso si alguien se atreviera a escribir una historia de las tiras cómicas desde la imprenta hasta la actualidad", sin pensarlo dos veces, él se atrevió a confesar: "He sido yo".

Por supuesto, la redacción de tal historia le ocupó prácticamente el resto de su vida, dejándola inconclusa, como no podía ser de otra manera. Pero los dos libros que escribió sobre ese tema me atrajeron hacia él como fan de un star system oculto en busca de su celebridad más ignota. Sus investigaciones me iban a ser de mucha utilidad para dar los últimos retoques a mi tesis doctoral sobre la función de la propaganda en los cómics de la Alemania nazi. Me presenté en su despacho de la facultad de Arte de la UCLA con todos mis papeles y una beca de investigación para trabajar con él durante esos tres meses, pero a pesar de que mi visita había sido convenientemente anunciada y aprobada de antemano, y que, además, David me recibió con los brazos abiertos, éste se mostró extrañado de que alguien viniera de tan lejos para hablar con él sobre algo que había escrito hace tanto tiempo y sobre lo que ya casi no se acordaba de nada.

Ademásañadió—, en unas semanas me voy a Chile para estudiar el impacto de la imagen del Ché en el arte popular sudamericano.

Aún se notaba en su suelta vestimenta y en sus amplias camisas de gasa la influencia de Berkeley, su alma mater; el Berkeley de principios de los setenta, claro está. "Una vez, visitando Madrid", me dijo el día en que nos presentamos, tras preguntarme por mi lugar de origen, "un guardia civil me detuvo en la Plaza de España por haberme sentado en el césped a hacer yoga. Fue antes de que muriera Franco. Debió de pensar que era una especie de agente contaminante. 'No sé cómo serán las cosas en su país', me explicó el guardia civil, 'pero aquí, no nos gusta que venga la gente de fuera a hacer el mamarracho'".

Básicamente, esa fue la situación. Me encontraba en Los Ángeles, la única ciudad del mundo cuya sola razón de ser es la narración visual, estudiando los orígenes de las formas más antiguas que dicha narración había dado, con un ex hippy fantasmal que, tan pronto como había aparecido, se desmaterializó. Sin embargo, no puedo decir que me molestara la prematura salida de escena de David. Durante el tiempo que pasé con él, tuvimos muchas conversaciones que me fueron muy útiles para acabar mi tesis (aunque, en realidad, ésta poco tuviera que ver con su especialidad) y, después de su partida, el despacho se quedó lo suficientemente tranquilo como para poder escribir. Y escribir fue lo que hice. Encerrado al principio en el despacho, aunque cada vez con mayor frecuencia me quedaba en mi habitación de la casa de la limonada, tecleaba día tras día mientras fumaba el producto californiano de primera calidad que me procuraba en los dispensarios de la playa.



Cuando llegaron mis padres de visita, a comienzos de noviembre, poco pude mostrarles de mi vida allí, pues ésta era virtualmente inexistente. Como mucho, podía enseñarles alguna página de mi tesis, pero me resistí a ello por un motivo muy sencillo. Mi vida en el ático de aquella pequeña casa de suburbio spielbergiano, cuyo detector de humos inutilicé hábilmente con un destornillador, se estaba pareciendo cada vez más al hotel Overlook de El Resplandor y temía que, un buen día, se me ocurriera echar un vistazo a lo que había escrito y que lo único que hubiera impreso en las hojas fuese la frase "No por mucho madrugar amanece más temprano", repetida una y otra vez.

La llegada de mis padres fue accidentada y estuvo llena de miedo, de asco y de mi vieja compañera: la dulce paranoia. Mi madre me había anunciado días antes sus aviesas intenciones:

—Voy a llevarte un jamón serrano, porque allí no tendrás —amenazó—. Yo no sé cómo podéis vivir en sitios así.

Le advertí muy seriamente en contra de ello. Pasar por la aduana con alimentos sin declarar era una violación evidente de una ley federal y, en cuanto abrieran su maleta, sería detenida de inmediato y, lo que es peor, la pata de jamón le sería confiscada.

—¿Es que no te acuerdas de la película aquella con Sofía Loren? —le expliqué haciendo uso del único lenguaje en el que madres e hijos pueden comunicarse fluidamente: el de las viejas divas—. ¿No recuerdas lo que le pasa con la mortadela? La retienen durante semanas en el aeropuerto y, al final, como no tiene nada que llevarse a la boca, acaba teniendo que comérsela.

Mi madre emitió una risa telefónica, tal vez halagada por la comparación con la Loren, confundiendo sin duda con una broma la aterradora imagen a la que mi imaginación me enfrentaba: la de mi progenitora abandonada a su suerte en un país inhóspito con un pernil ibérico como única herramienta para la supervivencia. Sus palabras no hicieron mucho por tranquilizarme:

—La Loren será la Loren, hijo —aclaró para poner las cosas en su sitio—. Pero yo, soy tu Madre.

Así que allí estaba yo, esperando a que acabaran de salir todos los pasajeros del vuelo de Madrid, sin que mis padres dieran la menor señal de vida. ¿Habrían perdido el avión sin tener la oportunidad de avisar antes? ¿O sería que, finalmente, mi madre había cumplido con su amenaza y estaba siendo ahora sometida al tercer grado en algún cuarto oscuro? Estaba empezando a ponerme nervioso, cuando mi madre atravesó la puerta del hall de llegadas arrastrando una maleta y con una sonrisa de oreja a oreja.

Los abrazos y la alegría al ver que, por suerte, mi madre no se había convertido involuntariamente en la protagonista de una película italiana, me impidieron darme cuenta al momento de que había un error en aquella escena, algo que no estaba en su sitio. Algo que faltaba.

—¿Dónde está papá? —pregunté cuando al fin se hizo la luz.

—Ah. Está todavía adentro —me explicó con una tranquilidad absoluta—. Le han metido en un cuarto para interrogarle.

"¡El jamón!", exclamé. "¿Qué has hecho, madre? Te dije una y otra vez que no lo trajeras". Ahora que estaba empezando a acostumbrarme a mi no-existencia en la ciudad de Los Ángeles, me iba a ver forzado a reconsiderar mi situación, pues acababa de convertirme precisamente en lo que más temía: un prófugo de la justicia, y no de cualquier clase, sino un miembro destacado, el enlace en Estados Unidos, de una familia criminal.

—No te preocupes por el jamón —trató de tranquilizarme ella—. Lo tengo aquí, en la maleta; a buen recaudo. ¿Creías que iba a dejar que se quedaran con él? No conoces a tu madre. El guardia de aduanas ha mirado mi maleta y me ha preguntado en inglés si llevaba más de diez mil dólares en el equipaje —la cantidad máxima de dinero permitida—. "Qué más quisiera yo", le he contestado en español. Así que se ha echado a reir y me ha dejado pasar sin abrir mi maleta.

—¿Y entonces, papá?

Mi madre se encogió de hombros.

—Le han confundido con un terrorista.

No sé si fueron mis ojos saliéndose de sus órbitas como un dibujo animado de la Warner, o el persistente modo en que me chocaba con las paredes del hall mientras me agarraba la cabeza con las manos, pero el caso es que uno de aquellos dos síntomas del inminente ataque de pánico al que estaba a punto de sucumbir hizo que mi madre, de repente, estallara en un ataque de risa.

—No te preocupes, hijo. Ya nos lo devolverán —me explicó, sin que sus carcajadas contribuyeran mucho a serenarme—. Es que han confundido su segundo apellido con su verdadero nombre. Dicen que aquí, en Estados Unidos, se llama Francisco López. Y por lo visto tienen a otro Francisco López en su lista negra. Un contrabandista mexicano, parece ser. Pero lo primero es lo primero y, ahora, lo único que importa es que por fin estamos los tres aquí. Tú, yo y el jamón.



Efectivamente, mi padre apareció poco después, confirmando que se había tratado de una confusión rutinaria, parecida a la que yo había sufrido al aterrizar en LAX. El resto de la visita transcurrió con normalidad. Aparte de los negativos comentarios que le merecía la comida y el bochorno que le supuso contemplar los dispensarios de marihuana en Venice a puerta de calle, la opinión de mi madre sobre la ciudad de Los Ángeles, y sobre los Estados Unidos en general, quedó firmemente asentada al pasar por delante de un motel en Hollywood Boulevard.

—Cuando veo uno de esos moteles —nos explicó—, no puedo dejar de pensar que en todas las habitaciones hay un niño sentado sobre la moqueta jugando con un camioncito de plástico, esperando a que vuelva su secuestrador.

No le dije, por supuesto, que había pasado mi primer mes viviendo en uno de esos moteles.

—Y esto —dijo refiriéndose al famoso paseo de las estrellas, mucho más pequeño y estrecho de lo que siempre parece en las películas—, con todas esas palmeras, me recuerda a Torremolinos. Pero sin glamour.

Y dicho esto, partieron. El caso es que, pese a mis miedos y después de releer lo que llevaba escrito y comprobar que ni mi encierro ni la marihuana habían hecho que me reencarnara en Jack Nicholson, pude acabar mi tesis sobre tebeos nazis, volver a España e incluso ganar con ella un premio especial de doctorado. (Aquella noticia calmó, durante unos días, mi tradicional angustia ante la falta de una misión en la vida. Una escena se repetía en bucle en mi cabeza. En el acto de entrega de los premios, recibía el galardón de manos del ministro de educación, ocasión para la cual me había vestido con una camiseta en la que se podía leer uno de los axiomas favoritos del tío Hunter: "Los cerdos de hoy son el bacon de mañana". Por supuesto, la escena nunca tuvo lugar. La entrega consistió en un trámite meramente administrativo que me despojó del papel para el que me había estado preparando después de treinta años de estudios: el de angel vengador).

Pese a los problemas y una bonita diabetes crónica que me traje de regalo de aquel primer viaje a California (las madres siempre tienen razón), las cosas no habían salido mal después de todo: tenía un buen trabajo en una universidad privada donde me pagaban por dar clase de literatura infantil.

Así que te preguntarás, querido lector, ¿qué hago aquí, ahora, rumbo de nuevo a California, en el aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid, esperando a que llegue mi turno de pasar por el escáner una mochila llena de setas psilocibes? Un momento. La mochila no está llena de drogas, no hay que exagerar. Tan solo he envuelto cuatro gramos de hongos secos en papel de cocina y, luego, he introducido el rebujo en el estuche donde llevo la insulina. No te creas: he tramado mi plan meticulosamente. Siempre que he de tomar un avión, he de pasar mi estuche de diabético, dentro de la mochila, por el escáner. Y éste nunca detecta nada extraño en su interior. O si lo detecta, nunca me dicen nada: viajar con insulina debe ser lo suficientemente común como para no inspeccionar el equipaje de los diabéticos, o solicitarles un informe médico, a pesar de que las posibilidades de secuestrar un avión con una pluma de insulina son exponencialmente mayores que las de hacerlo con una botella de champú. Y en caso de que me hagan abrir el estuche, discurría yo mientras terminaba de dibujar un plano de la zona de control de equipajes en mi oscuro y secreto cubículo del mal, lo único que verán es la insulina. Se trata ya de por sí de una droga lo suficientemente poderosa como para que se molesten en buscar más.

¿Quién se va a imaginar que bajo la insulina se esconde una de las sustancias más poderosas que ha dado la naturaleza, el maravilloso descubrimiento botánico que hizo en México Robert Gordon Wasson, micólogo y vicepresidente de la Banca Morgan? Cuando se me ocurrió, cinco años después de mi primer viaje a California, tomar un avión primero a Philadelphia y luego a San Diego para visitar a mi amiga Esther, una especialista en cómic estadounidense a la que conocí en Copenhague, me dije que sería imperdonable volver a la cuna de la vestimenta suelta y las camisas ámplias sin los medios necesarios para ensanchar un poco las fronteras espacio-temporales de mi viaje.



Mi plan había salido a la perfección. Me encontraba sentado cómodamente en el avión y, a pesar de que el despegue se había retrasado dos horas, nada me podía quitar la sonrisa de la boca. Llena de dientes. Hasta que me acordé de algo que le había pasado al tío Hunter cuando le invitaron a presentar la película de Miedo y Asco en Las Vegas en el festival de cine de La Habana. Estaba a punto de aterrizar, cuando cayó en la cuenta de que, en un pastillero, dentro de su neceser, quedaban los restos de una pequeña cantidad de cocaína que se había llevado a una fiesta la noche anterior. Preso de su proverbial paranoia, se deshizo como pudo de la cocaína tirándola por el váter, aunque con las sacudidas del avión, los polvos volaron por todas partes. Las azafatas acabaron sacándolo del baño a rastras, después de un buen concierto de golpes en la puerta, sin sospechar que el motivo por el que Hunter se resistía a volver a su asiento no era que se hubiera encerrado a fumar un pitillo a escondidas, sino que se estaba tomando su tiempo para limpiar de restos de cocaína el espejo, el lavamanos y la plataforma para cambiarle los pañales a los bebés.

Al pasar el control de aduanas con la serenidad que la había dado el saberse limpio, se encontró con que había ido a buscarle al aeropuerto el mayor y más famoso de entre sus discípulos: Johnny Depp. Con él compartía una de sus aficiones preferidas, el gusto por las armas, y apenas dieron unos pasos fuera del aeropuerto, Depp se sacó del pantalón una enorme pistola.

—¿Te gusta? —le preguntó mientras le hacía admirar su Magnum—. Es una Desert Eagle. Mi última adquisición.

—¿Has comprado eso en La Habana? —dijo Hunter, sorprendido.

—¿Aquí? ¿Estás loco? La he traído de casa para enseñártela.

Hunter se quedó perplejo. ¿Cómo había podido pasar semejante pistolón por la aduana?

—Muy sencillo —contestó Depp—. Saltándome el arco cuando el guardia no miraba.

"Saltarme el arco, saltarme el arco". Pasé todo el viaje repitiéndome la frase como un mantra para calmarme. Al recordar aquella anécdota, caí en la cuenta de algo en lo que no había pensado hasta entonces. En los Estados Unidos, la psilocibina que contienen los hongos, no tiene la misma consideración que la marihuana. Es una sustancia controlada tipo 1, lo cual quiere decir que su posesión y, más aún, su tráfico, conlleva las mismas penas que la cocaína o la heroína, a pesar de tratarse de una droga con escaso potencial adictivo, haber sido utilizada en el pasado con fines terapéuticos o, ahora que lo pienso, ser yo mismo un doctor; qué demonios, ¡un doctor extraordinario! ¿No me investía eso de ciertas prerrogativas?

Además, al haberse retrasado el despegue al salir de Madrid, iba a perder sin duda el vuelo de conexión a San Diego, por lo que tendría que pasar la noche en Philadelphia. Lo cual multiplicaba considerablemente las posibilidades de error en mi plan, ya que no solo tendría que pasar la aduana en Philadelphia: me harían sacar las maletas del aeropuerto y volver a la mañana siguiente, momento en el que mi equipaje de mano pasaría un nuevo control y esta vez tendría que enfrentarme a los temibles y poderosos escáneres estadounidenses, con una tecnología de vanguardia veinte años por delante de la que tenemos en Madrid.

A las cinco y media de la mañana del día siguiente, mi mochila era bombardeada de nuevo con potentes rayos X, mientras me hacían pasar por el arco, silbando nerviosamente una melodía al azar para tranquilizarme. Mi cerebro me jugó de nuevo una mala pasada porque, preso de la ansiedad, había elegido como mantra las notas de Dixie, el más popular de los himnos confederados durante la Guerra de Sucesión. Melodía que, precisamente, no era bien recibida en Pennsylvania, cuna de los quákeros fundadores y sede de una de las logias masónicas más antiguas de los Estados Unidos. El oficial negro que controlaba el escáner apartó la vista de la pantalla al escucharme y me miró con los ojos entornados antes de hacerme coger la mochila y ordenarme que siguiera mi camino.

Welcome to the U.S. of A.

Solo luego me di cuenta de que no tenía nada que temer, pues en esta ocasión había facturado mi estuche de insulina con el equipaje en bodega, temeroso de los avances de la ciencia del procesado en masa de inmigrantes. El vuelo hasta Phoenix, y desde allí hasta San Diego, transcurrió sin mayores incidentes. Mi maleta salió del carrusel del aeropuerto de San Diego con sus contenidos intactos y un viejo conocido, el sol de California, salió a recibirme cuando se abrieron las puertas automáticas de cristal. Tengo que reconocer que estaba un poco decepcionado por no haber alcanzado el clímax criminal que mis peores temores habían anticipado. Había pasado tres meses en Los Ángeles tratándolo de evitar, llenándome de miedo y asco ante la sospecha de que cada uno de mis movimientos, cada una de las cosas que hacía por ajustarme mejor a las rarezas de un país que me resultaba marciano, tenían siempre algo de equivocado, una cierta pátina de ilegalidad o, en el mejor de los casos, de ser algo reprensible.

Pero ahora el miedo y el asco, sentimientos que hasta entonces me habían sido imposibles de disociar de la simple mención de los Estados Unidos, habían desaparecido por completo bajo el sol del Pacífico. Y para ello había tenido que hacer justo lo contrario que entonces: violar decida y voluntariamente una ley federal. Di la bienvenida a una desconocida sensación de paz interior y deseé poder conservarla durante el resto de mi viaje.

Tenía una ligera noción sobre cómo lograrlo. Tan solo había que seguir violando leyes federales.