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martes, 19 de agosto de 2014

Capítulo 14. John Wayne está sentado a la derecha del Padre.


Siempre hacia el sol

—¿De qué color ves el tronco de ese arbusto, Esther?

—No lo sé —contestó—. Pues normal, ¿no? Gris.

En ese mismo instante supe que las setas me estaban empezando a hacer efecto, pues el tronco del arbusto irradiaba un color morado casi fosforescente. Lo que le pasaba a Esther es que no estaba viendo bien las cosas todavía. De momento, solo le quedaba esperar y seguir mirando hasta que todo empezase a adquirir sus colores verdaderos.

En realidad, no tenía muchas esperanzas puestas en las setas. Eran los últimos restos de la cosecha del verano anterior; y mi fe en ellas era tan débil que ni siquiera las había conservado al vacío para evitar la oxidación de su principio activo, la psilocibina. La última vez que había probado aquella cosecha, no me había producido ningún efecto más allá de un ligero cosquilleo cervical. Por eso mismo pensé que Esther (para quien iba a ser la primera experiencia de este estilo) agradecería la ligereza del material: una oportunidad de hacerse una idea de los efectos de la psicodelia sin sufrir de primera mano sus inconvenientes. Pero cuando Esther me hizo saber que aquellos arbustos que brillaban con la fuerza de un neón nocturno, a ella no le parecían más que vulgares matojos, supe que en esta ocasión, íbamos a emprender un viaje completo lo quisiéramos o no. Yo, al menos, estaba empezando a sentir ya sus efectos.

—No te preocupes —le contesté, para tranquilizarla—. Ya vendrás. Como todos.

Esther me miró como si no supiera de lo que estaba hablando, pero al día siguiente me daría la razón. Pese a la rumorología popular, las alucinaciones puras son raras durante un viaje psicodélico de intensidad media. Lo que ocurre básicamente, y sobre todo durante las primeras fases del viaje, es que los estímulos externos son tan numerosos y tan cargados de contenido emocional que el cerebro no sabe muy bien cómo procesarlos, y entonces, centra toda su atención en un estímulo elegido al azar. Eso justo era lo que me había pasado. Simplemente mi cerebro se había visto abrumado por el sutil tono azulado del tronco de aquellos arbustos, casi imperceptible en un estado normal; algo inesperado que, sin embargo, una vez visto era imposible dejar de ver. Efectivamente, Esther no estaba mirando bien los arbustos por mucho que se hubiera acercado para examinar su tronco. Si lo había visto de color gris era porque en su idea del desierto no entraban otros colores, pero en cuanto la psilocibina empezó a hacerle efecto también a ella, comenzó a ver con la misma intensidad que yo los matices azulados de aquel gris, cambiando para siempre el color del desierto. Bastaba con haber mencionado el color morado para que este reinara también en sus percepciones.

Lo juro: fosforescentes.

Al día siguiente encontramos los mismos arbustos en Ramona, cerca de San Diego, y seguían brillando con la misma intensidad que el pintauñas de una gótica. Los efectos de la psilocibina habían pasado, pero nosotros habíamos aprendido a mirar aquellos arbustos con ojos diferentes. En ese momento no lo supe, pero lo que estábamos mirando con tanta atención era un arbusto de creosota.. Nunca había visto uno antes. Hasta entonces, "creosota" era una palabra sin mucho significado que solía aparecer en las novelas modernas del oeste de Cormac McCarthy o Edward Abbey. El olor a creosota del desierto, un aroma nocturno a barniz que acompaña al canto de los grillos. Bonita forma de morir, mordiendo el polvo mientras todo huele a casa nueva. ¿Y qué hay del señor Creosota de los Monty Python? Ese tonel humano que se zampa varias veces la carta completa de un restaurante francés con el único fin de protagonizar un gag que consiste en ver durante diez minutos a un hombre vomitando. Cuando las palabras no significan nada, o cuando significan poco, no representan más que una constelación de conexiones mentales que llevan de un texto a otro sin tocar nunca la realidad. Pero desde que vimos el arbusto de creosota por primera vez, una pequeña porción de su realidad quedó con nosotros, por subjetiva que esta fuera y, desde entonces, aquel árido y anodino matojo, conservaría para siempre y no solo en el recuerdo, algo más que el sonido de una palabra.

En esas cosas estaba pensando mientras, debajo de la única sombra que habíamos hallado, me encontraba a punto de engullir una barrita de cereales para asegurarme de que mi sistema circulatorio dispusiera de la cantidad de azúcar necesaria para aguantar durante todo el viaje. Esther me lanzó una mirada llena de preocupación y, de repente, se echó a temblar.

—Creo que tengo una hipoglucemia —dijo sin dejar de mirarme.

¿Era ella la que había hablado? Me había parecido oirle decir que estaba a punto de desmayarse. Pero ¿no debía ser yo quien dijera eso? No podía creer que me estuviera robando una de mis frases favoritas. Ya me veía conduciendo de vuelta a casa, sin un carné válido (demonios, si mis pies ni siquiera saben distinguir entre el acelerador y el freno), mientras le decía a Esther que debía haber tenido más cuidado con su diabetes antes de tomar las setas. Pero... no habíamos tomado tanta psilocibina como para que empezáramos a cambiarnos los papeles, al menos no todavía, así que me acerqué a Esther para comprobar si había algo de real en lo que había dicho. La miré tan de cerca como antes había mirado el arbusto de creosota y, aunque ninguno de sus miembros había empezado a adquirir aquel característico color morado, estaba claro que tenía todos los síntomas que tan fácil me resultaba reconocer.

—Estás temblando.

—Sí.

—También estás sudando.

—Ahora te das cuenta.

—¿Ves manchas de luz que se mueven, como cuando te quedas mirando al sol y luego cierras los ojos?

—Todo el rato.

Le di a Esther todo el azúcar que llevaba conmigo. Barritas de cereales, chocolate medio derretido, sobres que había sustraído de varias cafeterías... hasta un bollo diseñado con harina transgénica capaz de hacer que Homer Simpson estallase como el señor Creosota. Le di todo el azúcar que llevaba conmigo sin caer en la cuenta de que todos los síntomas que estaba describiendo podían deberse también al calor del desierto o a los efectos de la setas. Pero en cinco minutos, Esther estaba ya en pie, dispuesta a disfrutar del resto del viaje. Superado el primer obstáculo, nada podía salir mal. No quedaba más azúcar, pero entre los dos teníamos en nuestros organismos la cantidad suficiente para evitar más desmayos. Existía la posibilidad de que la pequeña crisis de Esther se hubiera debido a una mera proyección, como la del color de la creosota, pero incluso tratándose de un simple caso de hipoglucemia solidaria, me sentía mucho más tranquilo sabiendo que su imaginación había decidido cargar por mí con una parte de mi enfermedad. No, ya nada podía salir mal.

Pero, claro, tampoco estaba en las mejores condiciones para pensar en el asunto de una forma clara y racional.

La catedral interior.

Y, en aquel lugar donde estábamos, menos que en ningún otro sitio. Habíamos encontrado refugio debajo de la montaña. En realidad, el monumento de Leonard Knight estaba hueco y, a través de un pasaje abierto en la ladera, se accedía a una sala central, resguardada del sol y con paredes frescas. Knight había aprovechado las ramas entrelazadas de dos árboles para levantar a su alrededor una cúpula de paja y adobe, en la que había practicado numerosas aperturas para colocar vidrieras hechas con ventanillas de coches. Las ramas de los árboles estaban decoradas en el mismo estilo que el exterior de la montaña: una abstracción fluida de colores que bien podría haber sido el resultado de dejar suelto a Jackson Pollock en una tienda de pintura plástica con una bomba en la mano. Atenuada por la suciedad de las vidrieras, la luz del sol se reflejaba en las ramas de los árboles, pechinas leñosas de la cúpula, haciendo que los brochazos de pintura multicolor pareciesen fuir como la sangre de una película de Disney apuñalada por la espalda. O al menos, así me lo pareció en aquel momento. No sé cuánto tiempo permanecimos allí después de nuestra pequeña crisis, pero nos quedamos mirando aquella extraña cúpula durante lo que parecieron horas. No necesitábamos hablar para saber que estábamos pensando lo mismo. Lo que estábamos contemplando en aquella catedral de estilo Day-Glo, eran las entrañas mismas del sueño de Leonard Knight, y aunque me resultaba difícil comprender la naturaleza de lo que quiera que le había llevado a construir semejante insensatez en medio del desierto, había que reconocer que aquella insensatez latía y fluía por dentro; o tal vez éramos nosotros, que latíamos y fluíamos con lo que había a nuestro alrededor.  

—Qué bonito, ¿verdad?

Las voces de los turistas que ocasionalmente entraban en la sala de la cúpula nos llegaban desde muy lejos, aunque evidentemente se dirigían a nosotros al vernos allí, solos, mirando en torno nuestro sin pestañear y quién sabe si también con un hilo de baba cayendo de la comisura de los labios. Pensé una o dos veces en tratar de explicar lo que estábamos viendo a esos simpáticos visitantes para que pudiesen entender la magnificencia de todo aquello, pero intuí que su amabilidad cesaría en cuanto abriese la boca y comprobaran que, en realidad, éramos un par de locos peligrosos. Por ello, le sugerí a Esther, con mis mejores susurros, que tal vez sería mejor que nos levantásemos y figiésemos ser, como ellos, simples turistas, confundiéndonos entre la muchedumbre.

—Si nos descubren, estamos perdidos —dije muy seriamente.

Así que empezamos a caminar, disimulando y siguiendo el camino pintado de amarillo que conducía a la cumbre de la montaña de adobe. Los turistas no parecían darse cuenta de nada. Nadie nos lanzaba miradas sospechosas ni cuchicheaba a nuestras espaldas al cruzarse con nosotros. Si se habían coordinado para actuar de ese modo, lo habían hecho con mucha discreción; ¿quién estaba al mando, entonces? ¿Eran todos actores? ¿Cómo se las habían arreglado para reunirse sin que les viéramos y preparar su plan? ¿Lo habían hecho antes incluso de que llegáramos? ¿O quizá les estaba dando alguien órdenes mientras caminábamos entre ellos? Estudié con detenimiento las orejas de cuatro spring breakers asiáticas en busca de pinganillos, pero no logré distinguir nada. Un padre americano que cargaba con su hijo pequeño a hombros nos dio los buenos días al pasar; tampoco llevaba nada en sus orejas que pudiese parecer un auricular, pero tal vez fuese el niño quien le estuviera transmitiendo las órdenes desde arriba, como una antena.

Hic sunt dracones.

Esther parecía ajena a lo que estaba pasando. Tanto me impresionó su sangre fría, que la felicité por su capacidad de disimulo. Tan metida estaba en su papel de persona normal que incluso su entusiasmo pareció genuino cuando sugirió que nos dirigiéramos hacia uno de los lugares donde había más turistas: una torre de agua pintada con figuras danzantes a unos quinientos metros de distancia. La construcción cilíndrica de hormigón estaba habitada; así lo advertía una puerta de metal, cerrada con cadenas y candados, y un rótulo que conminaba al visitante a sacar su culo de allí; así como un corral de madera anexo en el que picoteaban unas gallinas. Durante un momento pensé en llamar a la puerta para charlar con aquel individuo. La decoración de su casa decía mucho de él, pero sobre todo decía una cosa: quienquiera que viviese allí no debía de formar parte del complot. Las figuras pintadas en la pared de la torre tenían un aspecto decididamente humano, pero al entrelazarse en complicados arabescos, sus cabezas adquirían rasgos animales: zorros siberianos bailando la Consagración de la Primavera, ciervos copulando con ratas antropomórficas, cornamentas extendiéndose como las ramas de un roble, ibis dominando las incomodidades geométricas del Kamasutra con sus amigos los coyotes... Aquella rueda del karma rodeaba la torre invitando al visitante a unirse a ella con la misma inocencia con que había sido pintada.

Saṃsāra

Tenía mi puño en alto, dispuesto a llamar a la puerta cuando vi que Esther estaba sacando fotos a algo con su móvil. No era la torre lo que había llamado su atención sino el campamento de caravanas que se divisaba más allá de la construcción de hormigón. Y, entonces, encuadrando mi mirada con un zoom violento, como si la cámara de Sam Peckinpah hubiera tomado control de mis percepciones, ¡zas!, una bandera nazi restregándose contra mis ojos. ¡Era el mismo campamento de caravanas que habíamos visto al llegar a Salvation Mountain y allí estaban de nuevo aquellos peligrosos nazis del desierto levantando polvo con sus Harleys!

—¡Han visto cómo estabas fotografiándolos! —le advertí a Esther.

A pesar de la distancia, y gracias a la superior agudeza sensorial que otorga la psilocibina, podía ver claramente los tatuajes de los moteros: cruces gamadas de todo tipo moviéndose en espirales como los bailarines de la torre, eses en forma de rayos sobre águilas dispuestas a saltar sobre su presa, escorpiones y calaveras con brasas en las cuencas oculares, ofreciendo testimonio inequívoco de la identidad de aquellos hombres. Teníamos fotos de todo aquello y, como buen conocedor de la historia de los nazis en América, tenía claro que ahora harían todo lo que estuviera en su mano para borrar las pruebas de su existencia. Recordé que, durante mi estancia en Los Ángeles, me habían hablado del antiguo campo de entrenamiento nazi cuyos restos todavía se encontraban en las montañas de Santa Mónica. Lo había construido una pareja de fascistas de Hollywood que, advertidos de que América caería en la anarquía tras el triunfo de Hitler, quisieron establecer un refugio en la montaña para unos pocos elegidos. Tenían todo lo necesario para sobrevivir: un generador diesel, un búnker estilo colonial con ventidós habitaciones, una enorme nevera para la carne, un refugio antiaéreo e incluso... una torre de agua. Se dice que el mismísimo Hitler había llegado a contactar con los propietarios y que había tomado la decisión de que, en caso de desembarcar en la costa del Pacífico, el campamento de Santa Mónica sería la primera base oficial del Reich en territorio estadounidense.

La base nazi de Santa Mónica: no os fiéis de las apariencias.

En todo esto estaba pensando mientras caminábamos apresuradamente de vuelta hacia la montaña, respetando al pie de la letra las reglas de la marcha olímpica para no levantar sospechas. Trataba de explicarle a Esther lo que estaba ocurriendo, que lo que parecía una comuna no era más que el caballo de Troya con el que Hitler pretendía infiltrarse en los Estados Unidos de América, que su plan había funcionado, que había hecho creer a todo el mundo que desembarcaría en Santa Mónica, pero que en realidad, la playa de su Día D era la arena de aquel solitario desierto lleno de turistas hippies, ¡qué apropiado! Trataba de explicárselo, digo, intentando condensar toda la información que circulaba por mi cerebro en una frase comprensible, que concentrara en unas pocas palabras la fuerza de la lógica y el sentido de la urgencia que me habían asaltado:

—¡Corre!

Esther se echó a correr pensando que le había retado a una carrera.

—¡No corras! —grité después de pensarlo mejor—. Van a pensar que estamos huyendo.

Pero Esther había llegado a la ladera de la montaña y se disponía a escalarla de nuevo. Estábamos rodeados de turistas otra vez. Eché la mirada atrás y no vi ni rastro de nuestros perseguidores. Los nazis del desierto no habían salido del campamento de caravanas; algunos estaban ocupados trasteando con sus motos, otros, atareados en sus huertos con un aire engañosamente pacífico. Decidí no molestar a Esther con mis preocupaciones. Era mejor que no supiera nada del terrible destino del que acabábamos de escapar. Y, después de todo, allí, en lo alto de la montaña de la salvación, el aire era tan limpio y todo estaba tan tranquilo que no parecía que hubiese nada capaz de quebrar la paz de aquel momento. Nos quedamos sentados allí en la cumbre, mirando el paisaje que se extendía hacia el norte, más allá del desierto de Sonora.

—Ahora comprendo por qué el cielo parece más grande aquí en los Estados Unidos —le dije a Esther, sorprendiéndome a mí mismo al ver que podía pensar con claridad—. Es el espacio vacío. Son todos esos kilómetros y kilómetros de tierra inhabitada, sin un solo pueblo a la vista, lo que hace que el cielo sea más grande.

Esther asintió con aire ausente, como si acabara de recordar algo mientras me escuchaba.

—¿Decías algo de unos nazis? —preguntó por fin.

Me encogí de hombros sin saber de qué me estaba hablando y miré una vez más al horizonte. A lo lejos, sin duda a más de cien kilómetros de distancia, se erguían unas enormes montañas, las mayores que había visto en mi vida, aunque enseguida caí en la cuenta de que si las veía tan grandes era porque, igual que ocurría con el cielo, carecía de puntos de referencia con los que compararlas. A excepción del campamento de caravanas, no había nada entre las montañas y el punto en que nos encontrábamos. Y entonces supe que la imagen que estaba viendo no la había visto nunca antes en mi vida. ¿En qué planicie europea puede contemplarse una montaña sola, en medio del vacío más absoluto, sin signos de civilización visible? Hemos visto tantas películas que, a menudo, damos por sentada la realidad de este país, asumiendo que todas sus imágenes nos son ya conocidas, pero ¿y esto? ¿De dónde había surgido tanta soledad? Y sobre todo, ¿por qué nadie, excepto John Ford, había intentado retratarla?

La montaña más allá de la montaña de la salvación.

Traté de describir lo que estaba viendo recordando las dificultades que presentan las cosas de escala monstruosa esperando a ser descritas. Sin embargo, era imposible. La montaña (la verdadera montaña y no la pequeña reproducción de adobe que había construido Leonard Knight) latía y se contorsionaba bajo los efectos de la psilocibina haciendo que fuera imposible fijar su esencia con la imagen de la piel de un elefante o las nervaduras del tronco de un árbol. Cualquier cosa que dijera solo serviría para trivializar lo que en aquel momento tenía ante mis narices, así que trataré de explicarlo de otro modo:

La primera vez que uno toma psilocibina no deja de asaltarle una incómoda sensación de déjà vu. Una sensación que deja de ser incómoda cuando empiezas a intuir de dónde viene. Yo tuve que darme una ducha para hacerlo, pues entonces comprendí que la intensa sensación de placer y de felicidad y de estar siendo tocado por algo vivo que tenía al sentir cómo las gotas de agua caían sobre mí, debía ser la misma sensación que tiene un ser humano al sentir por primera vez la lluvia cayendo sobre él. Algo que, bajo aquella brutal amplificación de todos los sentidos, puede ser sorprendente, pero a duras penas nuevo, pues todos nosotros siendo nada más que bebés hemos sentido por primera vez en algún momento la lluvia o el agua de la ducha cayendo sobre nosotros. Y quizá con esa misma intensidad que luego perdemos al crecer. De ahí el déjà vu. Sin embargo, a lo que me enfrentaba ahora era a una sensación totalmente inédita para mí. La visión de algo que nunca había visto antes y que se me presentaba, sin poder protegerme con las ideas preconcebidas que da la experiencia, con toda su fuerza sensorial.

Aquella montaña era una herida abierta en el suelo, como el Gran Cañón visto desde las nubes, pero en este caso la expresión era algo más que una metáfora. Era una herida real producida por la fricción de las capas de la Tierra, que se movían empujando sus labios carnosos hasta que estos quedan superpuestos. Las leyes de la fisíca rigen los movimientos intestinales del globo terráqueo, pero ¿no tenemos nosotros leyes similares para regir nuestros movimientos internos? ¿Qué razones hay entonces para distinguir entre lo que está vivo y lo que no? ¿Acaso es tan importante el que dichas leyes sean biológicas o físicas si, al fin y al cabo, todo se mueve? No sentía que fuéramos muy diferentes a aquella montaña. En todo caso, daba igual si seguíamos creyendo que las razones de nuestro movimiento eran más valiosas, porque al contrario que nosotros, aquella montaña iba a seguir moviéndose con una total indiferencia hacia la humanidad cuando esta hubiera dejado de existir. La misma indiferencia que mostró cuando el hombre blanco hizo correr sangre india por su ladera.

—La montaña... —dije embelesado.

—El sombrero —respondió Esther.

Por lo visto, su sombrero le resultaba una fuente de fascinación inagotable, ya que se había pasado jugando con uno de sus tallos de paja desde que había dado comienzo mi momento de intimidad con la montaña. Pero el viaje llegaba a su fin, lo estaba notando; y lo mejor era que nos pusiéramos de nuevo a cubierto cuanto antes. Los momentos más difíciles de una experiencia psicodélica son siempre el despegue y el aterrizaje. El despegue porque es siempre tentador interpretar del peor modo posible los extraños síntomas que lo acompañan. El aterrizaje porque uno empieza a sentir la nostalgia de ese Nuevo Mundo recién descubierto cuando el Viejo comienza a acercarse de nuevo. Regresamos a nuestra catedral interior con el alivio de que, después de todo, el viaje había salido a pedir de boca y lo que antes me habían parecido peligros insondables ahora no me producían más que una sonrisa. Aproveché el momento y la tranquilidad de las sombras para pincharme la yema de un dedo con un punzón. Apreté el dedo para que saliera una gota de sangre y, luego, introduje una tira reactiva en el medidor de glucosa. Al entrar en contacto con la gota, la estría que había en la punta de la tira se tiñó de rojo y esperé a que la cuenta atrás en la pantalla del medidor llegase a cero para leer el resultado.

"Introduzca una nueva tira", decía la pantalla.

Repetí la operación de nuevo, consciente de que, en ocasiones, las tiras fallaban, pero la pantalla volvió a emitir el mismo mensaje. Una gota de sudor bajó por mi frente. Probé de nuevo, pero aquel cacharro seguía sin querer funcionar. Levanté la mano derecha y la dejé muerta frente a mis ojos tratando de distinguir los sintomáticos temblores de una hipoglucemia como el cirujano que comprueba sus nervios antes de su primera operación. El diagnóstico era que no podía operar. Mi mano se agitaba como una hoja al viento. Pero, hey, no hay problema; por lo menos ahora ya sabía lo que tenía que hacer. Solo tenía que echar mano a alguno de los sobres de azúcar o a una de las barritas que llevaba en la mochila y...

Y...

Miré a Esther aterrado, pues acababa de comprender que se había confirmado mi peor miedo. El problema no era que ya no nos quedase azúcar, sino que ni siquiera tenía el medio de averigüar si ese era el verdadero problema. El medidor de glucosa seguía sin funcionar por lo que no podía saber si los temblores, el sudor y la agitación interna que estaba sufriendo, eran debidos a que estaba a punto de sufrir una hipoglucemia, a los síntomas típicos del aterrizaje o, incluso, a la improbable pero aun así posible eventualidad que mi nivel de azúcar se hubiese disparado tanto que me encontrase cerca de un coma diabético. Seguí probando una y otra vez. A veces el sudor de las manos hacía que la tira se me resbalase y me resultara difícil insertarla en el medidor. El calor había dilatado los contactos internos haciendo que hubiera que apretar la tira más de la cuenta. Pero aunque Esther me ayudaba introduciendo una tira tras otra, aprovechando que sus manos estaban secas, el aparato seguía dando el mismo mensaje. Estaba claro que no le pasaba nada a las tiras, sino al medidor. Más de una vez, el calor excesivo había inutilizado la insulina que llebava en el estuche, pero era la primera vez que pasaba lo mismo con el medidor. Y sin el medidor, estaba perdido. No tenía manera de averigüar cuál era mi nivel de azúcar y, por lo tanto, pincharme insulina a ciegas, en una circunstancia así, podía ser mortal. Si no podía pincharme insulina, no podía comer. Y si no podía comer, tendría que volver a España de inmediato. Jamás había pensado que una avería en el medidor supondría lo mismo que perder el estuche con mis drogas.

Solté el estuche con el medidor y me lié un cigarrillo.

—¿A dónde vas? —me preguntó Esther al ver que me levantaba para salir de la catedral.

—Tengo que resolver un asunto.


La casa de Leonard Knight.

Salí al calor del desierto y, durante unos minutos, deambulé por la ladera de la montaña de la salvación hasta llegar a un camión destartalado en cuyo remolque llevaba una casa a cuestas. Estaba pintado con los mismos motivos del catolicismo new age que habían inspirado a la montaña y la palabra "arrepentíos" escrita en su tejado de madera de dos aguas. Di una calada al cigarro esperando que el sabor del humo me tranquilizase y escuché la voz de Esther, dentro de la catedral, hablando con un hombre. Debía de ser uno de los voluntarios que hacían de guías del lugar, hippies de la vieja escuela que habían dado con sus huesos en Salvation Mountain. Esther le estaba haciendo preguntas sobre Leonard Knight, el Gran Artífice.

—Antes hemos visitado el lugar donde vive —oí que le decía Esther—. Allí en esa torre de agua.

—Leonard murió el mes pasado.

Por un momento, olvidé mis problemas. Si Leonard Knight había muerto, ¿quién vivía en la torre de agua? ¿Habíamos... habíamos traspasado quizá algún umbral al dirigirnos a aquella torre? El umbral que separa el mundo de los vivos del de los muertos...

—No deberíais acercaros a la torre —le advirtió el hombre.

—¿Quién vive allí? —le preguntó Esther.

El hombre no respondió, pero a pesar de la distancia y de que no podía verlos desde allí afuera, logré percibir que la conversación había adquirido un tono de seriedad que no tenía antes. ¿Qué trataba de advertir a Esther aquel hombre? ¿De que Leonard Knight había dejado tras de sí algo más que un montículo de paja y adobe? ¿Seguía su espíritu rondando por allí?

—Leonard vivía justo aquí al lado —dijo el hombre—. Solo tienes que salir y verás el camión donde dormía. La gente que vive en la torre de agua... Bueno, digamos que es gente con ideas diferentes. Ya te habrás dado cuenta de que tenemos vecinos poco recomendables.

Después de todo, mi cabeza no me había engañado y, por un instante, habíamos corrido el peligro real de encontrarnos con uno de esos nazis, pues sin duda habría llamado a su puerta si Esther no me hubiera distraído con sus fotos. "Así que aquí era donde vivía Leonard Knight", me dije mientras me acababa el cigarillo mirando su camión. La idea del complot se disipó por completo de mi cabeza. "Siento haber pensado mal de ti y me alegro de que fueras una buena persona sin la menor intención de hacer regresar a Hitler del infierno". Lo que sí que estaba regresando, sin embargo, era el Viejo Mundo. Mis percepciones iban estabilizándose poco a poco, sirviéndose de la sensación de confianza que me producía el camión de Leonard Knight como patrón para organizarlas. Cuando me acabé el cigarrillo, se me habían olvidado todos mis problemas. Entré de nuevo en la catedral y me encontré a Esther, dispuesta a seguir el viaje.

—¿Qué? ¿Nos vamos? —preguntó muy animada—. Creo que ya puedo conducir.

—¿Dónde está el hombre con el que hablabas hace un momento?

—¿Qué hombre?

Kesey y Furthur, el autobús de los Merry Pranksters. On the road again.

Decía Ken Kesey, ese maravilloso escritor que dejó de escribir para recorrer los Estados Unidos en un autobús de colegio pintado de colores chillones y con Neal Cassaday al volante, esa cobaya de psiquiátrico que después de contar su experiencia en Alguien voló sobre el nido del cuco se dedicó a montar guateques en los que echaba LSD dentro del ponche, decía Ken Kesey que una de las cosas más extrañas que le habían enseñado los psicodélicos que le administraban en el manicomio, cuando estos eran todavía legales, era la intensa manera en que te hacen vivir tus fantasías como si fuera algo real. El había pasado el resto de su carrera disfrazado de su héroe de infancia, el Capitán Marvel. Nosotros volvíamos ahora a San Diego como se hace siempre en las películas del Oeste, con el sol poniéndose ante nuestros ojos. Era así como habían avanzado los colonos hacia la costa durante decenas y decenas de años. Eran estos los mismos reflejos dorados del sol curvando las rocas que mirábamos desde el coche en la autopista. Estas las mismas canciones que ellos escuchaban. O parecidas, porque Willie Nelson estaba sonando en la radio, con su aire country, pidiéndole a Cristo lo mismo que le había pedido Leonard Knight, que regresara, aunque si le pillaba de paso, que recogiera por el camino a John Wayne porque a quien de verdad necesitábamos de vuelta en este mundo de mierda era a él.

Comprendí la necesidad de las fantasías, las buenas y las malas. Y que todas ellas hablan en clave de una porción de la experiencia que, en realidad, es incomunicable. Al llegar a casa, la compañera de apartamento de Esther, Christine, me sometió a un interrogatorio al preguntarme por nuestro viaje al desierto. Le conté nuestro virtual encuentro con el escuadrón de nazis, las penurias que habíamos pasado con tanto calor, los problemas que había tenido con el azúcar y, como por fin, había conseguido solucionar mis preocupaciones haciendo una parada en un McDonalds de la autopista para tomar un café bien cargado y comprobar que, con el descenso de temperatura, el medidor había comenzado a funcionar de nuevo.

—Pero... siempre que te pregunto por lo que has hecho solo hablas de desgracias —apostilló Christine con una muestra inusual de lucidez—. Como el otro día, todo lo que sufriste para salir de Tijuana. Algo bonito habrás visto, digo yo.




Recordé de inmediato la imagen de la montaña. No la montaña de la salvación, sino la verdadera montaña detrás de la montaña. Justo estaba empezando a contárselo, animado por la euforia que me producía el recuerdo, cuando caí en la cuenta de que mi lengua no encontraba las palabras apropiadas, lo cual no era extraño porque ¿qué palabras podíamos tener en común esa chica y yo que pudieran significar la sensación de haber visto por primera vez en tu vida una montaña? Aún así, traté de buscarlas, perdiendo el hilo de la frase varias veces, tan solo para comenzar de nuevo, y supuse que una parte de la vida era eso, buscar y buscar palabras para que los demás puedan entenderlas, y que todo el tiempo que empleásemos en buscarlas sería tiempo que dejaríamos de emplear en vivirlas. Solo entonces encontré lo que verdaderamente quería dejar por escrito y le dije a Christine en voz alta:

—Qué pereza.

viernes, 23 de octubre de 2009

Capítulo 4. Miedo y asco en Santa Mónica.


El modo de vida americano no es un modo de vida, es un estado mental. No importa si no tienes dos coches, ni tampoco perro o jardinero mexicano para recortar el césped el fin de semana. No importa si no puedes mantener un fondo de estudios en el banco para que tus hijos puedan ir a las mejores universidades privadas. Ni siquiera importa si no te llega para hacerte la manicura en un salón de uñas esculpidas porque, tengas el trabajo que tengas, o incluso aunque seas uno de esos pilotos de línea aérea que llega a fin de mes a golpe de trabajar ocasionalmente en el McDonald’s, lo único que importa, lo que verdaderamente importa, es que no dejes de tener fe ni por un solo momento en que llegará el día en que tú también podrás ser como uno de esos ricos y famosos que salen por la televisión.

En el centro de Santa Mónica está la Promenade, un tramo de la 3rd Street, frecuentado por artistas callejeros que, en comparación con otros, no parecen haber perdido la esperanza en la promesa implícita en el modo de vida americano. Una cierta atmósfera internacional se respira en la Promenade, pero con un fuerte efluvio a kitsch, como si hubiera en algún lugar un filtro que quitase al aire parte de su oxígeno: los bailarines de tango se mueven al son de versiones muzak de Gardel; un oriental con dotes de monje shaolin, las emplea en lanzar tazas de té con el pie para dejarlas caer suavemente sobre la cabeza. La Promenade es al arte callejero lo que Barbra Streisand a la canción melódica.

Pero entre todos los artistas que habían venido a hacer las Américas, destacaba una pareja autóctona de acróbatas, padre e hijo, preparándose para dar comienzo a su número en mitad de la Promenade. El padre, tupé frondoso cuyas canas empezaban ya a jubilar su rostro aniñado, presentó a la verdadera estrella del show: su hijo. Un chiquillo de once años, embutido en mallas, con una cabellera rubia sacada de la tribu de los Brady, y una peculiaridad física que me llamó inmediatamente la atención. Tenía las manos más grandes que jamás hubiera visto en un niño de esa edad, como si le hubieran crecido antes de tiempo. ¿Es posible que a alguien se le puedan dilatar de ese modo las manos a fuerza de entrenarse? El padre y el hijo tenían algo en común. Uno tenía la cara de un niño en un cuerpo de adulto, y el otro unas manos de adulto en un cuerpo de niño.

El hijo tomó la palabra instándonos a que nos acercáramos para verlo mejor formando un corro alrededor de él. Su rostro tenía una expresión melancólica propia de alguien con más experiencia, aunque no carecía del todo de una cierta candidez, como la de un niño a punto de pasar a la adolescencia al que ya no le gusta jugar al baloncesto con su padre, pero que sigue haciéndolo todos los domingos sólo por complacerlo.

En ese momento el padre se situó detrás de su hijo y, tomándolo por las manos, lo levantó hasta colocarlo de pie sobre sus hombros. De nuevo se agarraron mano contra mano y, en cuestión de segundos, el hijo se elevó a pulso hasta hacer el pino sobre las palmas de su padre. A esas acrobacias le siguieron otras. Éstas eran interrumpidas de cuando en cuando por los monólogos del padre, quien después de muchos años de escenario, había adquirido la facilidad de palabra de un maestro de pista de circo. Quería dejar claro que su hijo iba al colegio. Y ahí está, mírenlo. El jueves pasado salió en el canal Nickelodeon y dentro de un mes tenía una actuación en Las Vegas. ¿Qué hay de extraño en que se lo rifaran en la televisión? Un niño tan guapo como él, y además el único de su edad capaz de hacer esas increíbles piruetas. Y todo, todo ello se lo había enseñado su padre. Pero al colegio no faltaba, porque ir al colegio es muy importante para los niños.

―Hay cuatro cosas importantes en la vida―advirtió el padre al público―. Una es ésa, estudiar mucho. La segunda, evitar la bebida. Tres, no fumar. Y cuatro, la más importante de todas: nada de drogas.

Sentí una punzada en la conciencia al descubrir que incumplía tres de las cuatro condiciones esenciales del modo de vida americano (paso buena parte del día leyendo) o quizá sentí ese pinchazo al preguntarme de dónde sacaría tiempo aquel niño tan estudioso para entrenar las cinco o tal vez más horas que necesitaba todos los días después del colegio para seguir haciendo esas piruetas y tener las manos tan grandes. Cuando acabó el espectáculo, volví a casa con la seguridad de haber aprendido algo nuevo: que con esfuerzo todo se puede, hasta salir en el canal Nickelodeon y quién sabe si dentro de unos años, hacerse uno rico, y toda esa gente viniendo de todas partes de América a verte actuando en Las Vegas con tus once años, siempre con tus once años, sin dejar de ser nunca el único niño del mundo capaz de hacer tales hazañas.

Pero por alguna razón, mientras caminaba de vuelta a casa, no podía quitarme de la cabeza aquellas manos que habían crecido antes de tiempo. Me desvié sintiéndome cada vez un poco más deprimido, y cuando quise darme cuenta estaba ya en la playa, aquella donde van a parar todos los locos. Si estar loco consiste en creer que la realidad es una extensión de tus deseos y de tus pensamientos, entonces sí, era cierto que todos los locos iban a parar a Santa Mónica, pero no precisamente a la playa, sino quizá más bien a la Promenade. A falta siquiera de paseo marítimo, seguía caminando hacia el sur por la pista asfaltada que usan los corredores, cuando empezó a soplar el viento y de repente… pero dejaré que lo cuente el señor Pynchon, que en su última novela habla de las ventiscas de Santa Mónica mucho mejor que yo: “Y de repente Doc se encontró en un planeta en el que el viento puede soplar en dos direcciones, arrastrando la bruma del océano y la arena del desierto al mismo tiempo, obligando al conductor incauto a frenar en el momento en que entra en esta atmósfera alienígena, la luz del sol eclipsada, la visibilidad reducida a media manzana y todos los colores, incluyendo los de las señales de tráfico, recolocados en cualquier otro lugar de espectro”.


Ocean Frontwalk, el paseo marítimo de Venice Beach.
Hay que decir que Thomas Pynchon exagera: el viento de Santa Mónica no sopla en dos direcciones, sino en una sola, desde el océano. El problema es que las montañas de Santa Mónica retienen el esmog de la ciudad y cuando sopla el viento desde el mar, lo arrastra junto a la arena, que efectivamente es del desierto porque la playa es artificial. Pues bien, el caso es que cuando la alucinación pynchoniana empezó a remitir, y aquella textura como de gachas basálticas rebajó su densidad atmósférica hasta convertirse en un ligera vichyssoise, de pronto pude ver que me encontraba fuera de Santa Mónica, en un lugar totalmente diferente, como si de repente hubiera dejado Kansas y la pista de asfalto se hubiese convertido en lo más parecido al camino de baldosas amarillas que hay en Los Ángeles: el paseo marítimo de Venice Beach.

En el aparcamiento que prologa la entrada a Venice había varias caravanas pintadas aleatoriamente con los colores del arcoíris hippie, como en una mezcla apocalíptica de Los Pájaros con el estilo Merry Prankster. Alineados a lo largo del paseo, tenderetes en los que se vendían todo tipo de artículos: pulseras y collares de cuero, insectos del tamaño de una mano encerrados en vitrinas, carteles de madera pintada con anuncios de surf, el porvenir en la mano por obra y gracia de un hermano gemelo de Mr. Natural, o el pasado en las cartas del Tarot leídas por un hombre con aspecto de ser empleado de banca... Seguí caminando hacia el sur por el paseo marítimo, recorriendo con los ojos los locales de la acera izquierda, negocios todos ellos con perspectivas comerciales más sólidas. Dispensarios de marihuana medicinal, anunciados por hombres reclamo prometiendo que por menos de cien dólares el doctor Kush le extiende a usted, querido amigo que sufre de migrañas o de dolores de espalda, una licencia oficial de paciente de cannabis válida durante un año, con receta para comprar inmediatamente su medicina. Ah, veo por su cara que usted tiene ciática, amigo, ¡no sufra más por ello y entre en la consulta del Dr. Kush! O al lado de la consulta, el Freak Show de Venice, pasen y vean la tortuga de dos cabezas, Myrtle and Squirtle, the two-headed turtle, o al increíble hombre con la cara llena de piercings, fenómenos de la naturaleza como no han visto otros, excepto por los culturistas en tanga que se patean el paseo marítimo arriba y abajo vendiendo enormes botes de vitaminas, o el Jimmy Hendrix redivivo patinando con ruedines de bicicleta acoplados a sus zapatillas mientras toca la guitarra eléctrica a cambio de un dólar por una foto, o el nonagenario con gorra del U.S.S. Honolulú que discute agriamente con un veterano del Vietnam sin brazo, o los profesionales del spare change pidiendo una moneda de cuarto si es que eres capaz de darme con ella en la cabeza, ofrecerse a recibir una patada en el culo por un dólar, artistas del mensaje escrito asegurando en sus cartones que “padres devorados por palomas, dinero para escopeta de balines”, o aquel que en su cartón deja subrayado y en negrita que, por querer, “no quiero NADA”.
Venice Beach es el callejón donde van a parar los restos del modo de vida americano y acaban todos aquellos que han dejado de esperar nada de él. Es el paraíso de los tarados, que al contrario que los locos no viven en un estado mental que confunden con la realidad; los tarados son aquellos a los que la realidad ha transformado irremediablemente, y han encontrado en Venice Beach el único refugio donde, pese a lo que diga su cartel, nadie va a pegarles una patada en el culo, si acaso sacarles una foto por el precio que marca el cartel. Su dignidad reside quizá en que quien se explota en Venice se explota a sí mismo, no a los demás, y si lo hace no lo hace por la alucinación social que supone la vana promesa de dinero o fama, sino por un canuto de marihuana. Y aún así, el modo de vida americano les mira frente a frente desde los lujosos áticos del paseo marítimo y detrás de ellos, desde las alfombras de césped de los chalés de los canales. Y me pregunto cuántos de ellos, cuántos de nosotros no nos pasaríamos a ese otro lado del paseo marítimo si nos lo pusieran en la palma de la mano.

Cuando desaparecieron los últimos restos de bruma y de arena, me pregunté si la realidad de Venice Beach sería tan romántica como la había percibido por un momento, si tal vez yo también había caído en la trampa y lo que había visto no era más que una extensión de mis deseos. Lo único cierto era que allí, al menos, se podía respirar aire fresco.